Sumak Kawsay: El Buen Vivir y sus 13 Principios.

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Vivir Bien o Buen Vivir, es la vida en plenitud. Es saber vivir en armonía y equilibrio, en armonía con los ciclos de la Madre Tierra, del cosmos, de la vida y de la historia, y en equilibrio con toda forma de existencia. Y ese justamente es el camino y el horizonte de la comunidad; implica primero saber vivir y luego convivir. No se puede Vivir Bien si los demás viven mal, o si se daña la Madre Naturaleza.

Vivir Bien significa comprender que el deterioro de una especie es el deterioro del conjunto.

Los trece principios para vivir bien o vivir en plenitud
¿Cuáles serían los requisitos indispensables como ejercicios cotidianos para vivir en plenitud? Se resumen en los siguientes:

1-Suma Manq’ aña: Saber comer, saber alimentarse, no es equivalente a llenar el estómago; es importante escoger alimentos sanos, cada luna nueva se ayuna; y en la transición del mara (ciclo solar) se debe ayunar cinco días (dos días antes y dos días después del Willka Ura (día del sol Solsticio de Invierno). En la cosmovisión andina todo vive y necesita alimento, es por eso que a través de las ofrendas damos alimentos también a la Madre Tierra, a las montañas, a los ríos. La Madre Tierra nos da los alimentos que requerimos, por eso debemos comer el alimento de la época, del tiempo, y el alimento del lugar.

2-Suma Umaña: Saber beber. Antes de beber se inicia con la ch’alla, dando de beber a la Pachamama, a los achochillas, a las awichas. Beber, tomar, ch’allar completarse (chuymar montaña, chuymat apsuña, chuymat sartaña jawirjam sarantañataki) entrar al corazón, sacar del corazón y emerger del corazón para fluir y caminar como el rio.

3-Suma Thokoña: Saber danzar, entrar en relación y conexión cosmotelúrica, toda actividad debe realizarse con dimensión espiritual.

4-Suma Ikiña: Saber dormir. Se tiene que dormir dos días, es decir dormir antes de la media noche, para tener las dos energías; la de la noche y la de la mañana del día siguiente, la energía de dos días. En el hemisferio sur se tiene que dormir la cabeza al norte, los pies al sur, en el hemisferio norte la cabeza al sur y los pies al norte.

5-Suma Irnakaña: Saber trabajar. Para el indígena originario el trabajo no es sufrimiento, es alegría, debemos realizar la actividad con pasión, intensamente (Sinti pacha).

6-Suma Lupiña: Saber meditar, entrar en un proceso de introspección. El silencio equilibra y armoniza, por lo tanto el equilibrio se restablece a través del silencio de uno (Amiki) y se conecta al equilibrio y silencio del entorno, el silencio de uno, se conecta con el silencio del entorno (Ch’uju) y como consecuencia de esta interacción y complementación emerge la calma y la tranquilidad.

7-Suma Amuyaña: Saber pensar. Es la reflexión, no sólo desde lo racional sino desde el sentir; uno de los principios aymaras nos dice: jan piq armt’asa chuman thakip saranlañani (sin perder la razón caminemos la senda del corazón).

8-Suma Munaña, Munayasiña: Saber amar y ser amado, el proceso complementario warmi chacha, el respeto a todo lo que existe genera la relación armónica.

9- Suma Ist’ aña: Saber escuchar. En aymara ist’aña no sólo es escuchar con los oídos; es percibir, sentir, escuchar con todo nuestro cuerpo; si todo vive, todo habla también.

10-Suma Aruskipaña: Hablar bien. Antes de hablar hay que sentir y pensar bien, hablar bien significa hablar para construir, para alentar, para aportar, recordemos que todo lo que hablamos se escribe en los corazones de quienes lo escuchan, a veces es difícil borrar el efecto de algunas palabras; es por eso que hay que hablar bien.

11-Suma Samkasiña: Saber soñar. Partimos del principio de que todo empieza desde el sueño, por lo tanto el sueño es el inicio de la realidad. A través del sueño percibimos la vida. Soñar es proyectar la vida.

12-Suma Sarnaqaña: Saber caminar. No existe el cansancio para quien sabe caminar. Debemos estar conscientes de que uno nunca camina solo; caminamos con el viento, caminamos con la Madre Tierra, caminamos con el Padre Sol, caminamos con la Madre Luna, caminamos con los ancestros y con muchos otros seres.

13-Suma Churaña, suma Katukaña: Saber dar y saber recibir. Reconocer que la vida es la conjunción de muchos seres y muchas fuerzas. En la vida todo fluye: recibimos y damos; la interacción de las dos fuerzas genera vida. Hay que saber dar con bendición, saber dar agradeciendo por todo lo que recibimos. Agradecer es saber recibir; recibir el brillo del Padre Sol, la fuerza de la Madre Tierra, fluir como la Madre Agua y todo lo que la vida nos da.

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Escrito: Fernando Huanacuni Mamani
Fuente: http://www.cusihuasi.ning.com

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Vivir es tener problemas.

Nos pasamos la vida anhelando la ausencia de problemas. Queremos ver nuestro camino libre de piedras, queremos sentir que podemos manejar los hilos de la vida libres de nudos.

Como si fuera posible vivir en la absoluta estabilidad y armonía, oyendo únicamente el canto de los pajaritos o el sonido del mar. Pero no es así. El día a día es una sucesión de problemas, grandes y pequeños. Hay obstáculos que hemos de superar, situaciones que hay que resolver, y decisiones difíciles que debemos tomar.

Es fácil que nuestros intereses choquen con los de otros y que se produzca un conflicto en alguna de sus ilimitadas formas. Es inevitable que alguien nos pida un favor en algún momento al que no sepamos qué responder. La vida está repleta de contratiempos, imprevistos que alteran nuestros planes, equivocaciones, fracasos o decepciones.

No es posible tenerlo siempre todo solucionado. En un momento puntual se puede ver cumplido este deseo, podemos sentirnos plenos y felices, pero no de forma estable y duradera. Los problemas aparecen en nuestras vidas, aunque en cada momento los podamos ver desde una perspectiva distinta debido a la experiencia o la madurez alcanzadas.

Solemos considerar problemas a las situaciones cotidianas y normalitas (que le ocurren a la mayoría de la gente) que nos vamos encontrando a lo largo del día a día. No nos referimos a desgracias o tragedias puntuales de impacto incuestionable. Esas piedrecitas que nos encontramos en el camino y que a veces se nos meten en el zapato y dificultan nuestra marcha, van a estar ahí queramos o no, y pretender querer una vida sin ellas es algo utópico.

Los niños pueden vivir como problemas: la adaptación al colegio; el bullying o acoso de los abusones; las primeras dificultades en el aprendizaje o fracasos académicos; los desafíos de entrenarse en alguna actividad extraescolar en la que se desea destacar, como tocar un instrumento musical, practicar un deporte…
El adolescente se enfrenta a otras situaciones difíciles: notar una baja motivación hacia los estudios en comparación con otros intereses; superar los complejos; formarse una identidad para diferenciarse y a la vez sentir que sigue perteneciendo a una familia que le quiere; sentirse integrado en un grupo de iguales y lidiar con los primeros ofrecimientos de alcohol, tabaco y otras sustancias; las decisiones sobre su futuro (ciencias o letras, o “¿Qué quiero hacer después?”), elegir carrera…

El adulto también tiene sus complicaciones: conseguir empleo e independencia; mantener un sueldo que le permita cubrir sus necesidades; encontrar pareja o equilibrio sentimental; preocupaciones económicas diversas que hasta ahora no recaían en él, como dónde invertir mejor los ahorros, empezar a pensar en la jubilación, o gastos extraordinarios que pueden venir de sorpresa.

Para el anciano, la salud se convierte en lo primero: está pendiente de los hándicaps o puntos flojos, de las citas médicas, de cuidar la alimentación y los hábitos y privarse de cositas que le gustaban; tratar de enriquecer el ocio para fortalecer las capacidades físicas y mentales y animarse; tomar conciencia de los amigos que se van perdiendo; cuidar de los nietos para ayudar a los hijos; conseguir la integridad psicológica de mirar atrás y estar satisfecho con lo que uno ha vivido…

La vida está repleta de problemas. En cada etapa (niño, adulto, anciano) y en cada faceta (amor, trabajo/estudios, salud) los encontraremos. Cuanto antes lo asumamos, antes aprenderemos a afrontarlos con naturalidad y eficacia. En cuanto los veamos como algo inherente a la vida, desarrollaremos mayor destreza para abordarlos o al menos no nos sorprenderá tanto cuando nos encontremos con uno inesperado.

Todas las personas tenemos recursos para hacerles frente. Todas contamos con un equipamiento físico y psíquico. Tenemos que dejar de obsesionarnos con encontrar la solución perfecta, aunque está claro que esto nos cuesta de asumir. Lo cierto es que la solución ideal muchas veces no existe y no nos sirve de nada empeñarnos en dar con ella. Por suerte, siempre hay varias soluciones buenas para cada problema, o como mínimo aceptables. Lo que siempre podemos hacer es encontrar la mejor solución que veamos en nuestras circunstancias.

Paula Perdomo

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El miedo a nuestra propia grandeza o ‘complejo de Jonás’, un trastorno muy habitual

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El complejo de Jonas es más habitual de lo que parece así que no dejemos que nos trague la ballena. Abraham Maslow padre de la psicología humanista, acuñó el término “Complejo de Jonás” inspirándose en el personaje bíblico, para identificar una neurosis que habita en el ser humano: el miedo a la propia grandeza o huida del propio destino.
El Complejo de Jonás es, en suma, la negación de la capacidad de uno mismo para desarrollar su potencial, es el miedo y la ansiedad frenando nuestra visión de grandeza… sabes que vales para algo, lo visualizas, prevés el éxito y te asustas frenándote con la respuesta contraria, asegurándote que eres incapaz, haciéndote descender hacia el lado mediocre.

Jonás tenía un mensaje de Dios y una labor de intermediario en el pueblo de Nínive. Pero temió de su propia figura, se asustó y se escondió. Se sintió incapacitado de ese ejercicio, descreyó de sí mismo (“¿Quién?, ¿Yo?…”). Y Dios le envió una ballena que se lo tragaría por 3 días y 3 noches. Después de ese lapso, la ballena lo vomitó y Jonás aceptó el destino para el que había sido escogido y llevó su mensaje a Nínive.
La explicación de Maslow es que al igual que tememos lo peor de nosotros tememos, también, lo mejor, tememos a nuestras máximas posibilidades. Por lo general nos asusta llegar a ser aquello que vislumbramos en nuestros mejores momentos, en las condiciones más perfectas y de mayor coraje. Gozamos e incluso nos estremecemos ante las divinas posibilidades que descubrimos en nosotros en tales momentos cumbre, pero al mismo tiempo temblamos de debilidad, pavor y miedo ante esas mismas posibilidades.
Podríamos pensar, entre tantas cosas, que para desplegar “nuestra misión”, debemos romper nuestros moldes aprendidos. Como Jonás, que para desplegar su misión debía enfrentar el desafío de salir del refugio (pseudo-protección) de la ballena: la personalidad limitante.

Para ello debemos analizar y profundizar en que quizás nuestra personalidad actual fue elegida en pos de encajar en el mundo “adulto y moderno”: una Identidad no auténtica (con sus propios hábitos, valores, mecanismos de defensa, etc.). Una ballena que nos ha comido sin siquiera darnos cuenta.
Maslow dice al respecto, que frente a los grandes hombres o mujeres que se hallan en su máxima realización humana, surgen sentimientos de admiración; pero también emergen (y a veces no tan escondidos) sentimientos de hostilidad y envidia. Le proyectamos a esa persona “contra-valoraciones”. Y así, ¿quién tiene el coraje de mostrarse diferente, de mostrarse mejor que otros en algo novedoso y único?
Todos podríamos ser mejores de lo que somos si, en lugar de malgastar nuestra energía en envidiar las cualidades ajenas, aprendemos a amarlas, admirarlas para así también reconciliarnos con las propias ya que es un acto de generosidad entregar al mundo lo mejor de nosotros mismos.

Por Maxx Puente
Librepensador, Autodidacta y Soñador.

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el AMOR según EINSTEIN

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FRAGMENTO DE LA ULTIMA CARTA DE EINSTEIN A SU HIJA

Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo. Te pido aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación.

Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el amor.
Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas.

El amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El amor es Dios, y Dios es amor.

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Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo.
Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E= mc2 aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.
Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiese que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.

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Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.
Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quintaesencia de la vida.

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Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta.
Tu padre.
(Albert Einstein)

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15 IDEAS PARA TRABAJAR LA BONDAD CON LOS NIÑOS

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Parece muy evidente y claro que todos queremos que nuestros hijos sean ante todo buenos, pero a la hora de la verdad, cuando nos ponemos a ayudar a crecer a un niño hay muchísimos matices que se nos escapan. Por este motivo, te ofrecemos 15 ideas para trabajar la bondad con los niños, un valor muy importante que debe formar parte de una buena educación en valores.

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El aprendizaje sano para los niños

El aprendizaje académico es importante, pero a veces tenemos tanta presión de fuera por esto, que nos olvidamos de lo más importante, que EL NIÑO BUENO ES MÁS FELIZ. Si desarrollamos sobre todo sus virtudes, tendrá el éxito en las demás áreas porque aumentan sus capacidades de atención, comprensión, retención… Fundamentalmente aumentan sus deseos de aprender, trabajar y conocer, y a la hora de la verdad todos estos factores son fundamentales para un aprendizaje sano.

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Es llamativo que muchas personas con un alto cociente intelectual, pero escasas aptitudes emocionales, se manejan en la vida peor que otras de modesto cociente intelectual, pero que han sabido desarrollar otras aptitudes. Gran parte de la bondad consiste en querer ser bueno y ahí, respecto a los niños pequeños jugamos con una ventaja fundamental: TODOS QUIEREN SER BUENOS Y ESTÁN CONVENCIDOS DE QUE LO SON.

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Ideas para trabajar el valor de la bondad con los niños Para trabajar la bondad lo primero y más importante, como en todo, es el ejemplo. Los niños tienen que ver y sentir que nosotros, sus principales modelos, nos esforzamos también por ser buenos, por ser cada día mejores personas. La bondad es una virtud que se apoya en la firmeza, en la seguridad, en la fortaleza. No se puede confundir con la debilidad de carácter, la tranquilidad, la “pachorra”, el dejarse en el otro, el típico “bonachón”. La bondad es una cuestión de hábitos, es una actitud que se refuerza con la práctica.

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1. Ayúdale a valorar lo que tiene. Aprovecha para enseñarles la importancia de la compasión y la preocupación por los demás. Ellos pueden hacer mucho por el prójimo; pueden dar una limosna con cariño y ofrecer cosas que les cuestan acordándose durante el día.

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2. Ayúdale a mirar hacia afuera desde dentro. Para esto es importante acercarles poco a poco a unos hábitos de piedad más profundos, con explicaciones adecuadas. Así puede aumentar su capacidad de amar, de comprender, de hacer el bien a los demás.

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3. Trabaja la empatía. Podemos enseñarles desde muy pequeños a consolar para aprender a ponerse en el lugar del otro.

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4. Inculca la generosidad desde la libertad, respetando sus tiempos y su edad. Muchas veces, a la hora de pedirle a nuestros niños que compartan nos mueven inquietudes más sociales, le forzamos a dejar sus cosas a un niño con el que puede que ni esté jugando (o incluso se lo ha quitado previamente como si nada). Es muy diferente si le animamos a dejarlo “dentro de un ratito”, a compartirlo juntos porque seguro que lo puede utilizar él/ella con los demás, sin necesidad de desprenderse del todo y de golpe.

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5. Ayudarles a fijarse en buenos modelos, formando su criterio.

Hacia los 4 años comienzan a ser muy sociales, se fijan mucho más en sus iguales y en sus comportamientos, por eso les podemos preguntar si sabe quién es el niño más bueno de su clase y por qué se lo parece. Cuando ocurra un conflicto no mostrarnos demasiado interesados por quién ha sido el “culpable” y cuando nos lo cuenten hacerles ver que pueden ayudar al otro a ser mejor.

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6. Explicarles el porqué de las cosas, haciéndoles ver que los que más les conocen y les quieren son sus padres y quieren lo mejor para ellos. https://sther74.wordpress.com/wp-admin/media-upload.php?post_id=435&type=image&TB_iframe=1

7. Ocupar el tiempo en actividades buenas, enriquecedoras, formando su sensibilidad. No hay niños malos, hay niños aburridos, pero no podemos obsesionarnos con sus actividades. El exceso de experiencias y “vida social” cuando son pequeños no les enriquece más, es mejor que cada cosa se viva en su momento. Cuando a un niño le proporcionamos un ambiente tranquilo, ordenado y alegre tiene más capacidad para portarse mejor y está más preparado para disfrutar los momentos excepcionales o diferentes.

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8. Tratar bien sus sentimientos, respetándolos, ayudándoles al conocimiento propio. Es muy importante enseñarles a verbalizar lo que sienten, dedicando mucho tiempo a escuchar y a ganarnos su confianza, de esta manera aprenderán a comunicarse mejor. Darles a conocer los nuestros, lo que nos cuesta, lo que esperamos, cómo nos sentimos y así puedan conocer nuestro control, nuestro esfuerzo.

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9. Enseñarles a pedir perdón y a perdonar, haciéndolo nosotros también. Y cuando lo recibamos de ellos que sientan que es un borrón y cuenta nueva, un recomenzar con la misma ilusión y amor.

10. Cambiar nuestro lenguaje, la forma de dirigirnos a ellos, la manera de regañarles, de corregir, de premiar. Deben escuchar siempre lo que esperamos de ellos, lo mucho que les queremos, lo buenísimos que son.

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11. Utilizar muchas más palabras y gestos cariñosos, tiernos, cercanos y no sólo cuando queramos felicitar o premiar. Son muy importantes y efectivos los cariños repentinos, los de “porque sí”, en momentos en los que estén tranquilos, sin hacer cosas especiales.

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12. Llevar la bondad a todo acto cotidiano: la compra, ayudar en casa (que lo hagan por los demás), las comidas, proporcionarles cuentos y películas con mensaje y compartirlo con ellos, cumpleaños…

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13. Dar su tiempo y sus cosas. Inculcarles lo bonito que es tener detalles con los demás y lo bueno que es alegrarnos con las alegrías de los otros. Enseñarles a querer y respetar a las personas que les enseñan y les cuidan.

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14. Contarles, a su altura, los problemas y sufrimientos de los demás, empezando por las personas más cercanas y llevarlos mientras lo ofrecemos a los distintos momentos del día, sobre todo a los que más nos cuestan.

15. Explicarles la importancia de saludar y sonreír. Pero, no hace falta que le exijas que de un beso a una persona conocida si no quiere.

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Paz Martín Maroto. Profesora de Educación Infantil. Colegio Montealto.

El artículo puedes encontrarlo en este enlace: http://www.hacerfamilia.com/educacion/noticia-15-ideas-trabajar-bondad-ninos-20150218120551.html#.VPL7ZtD7rmI.mailto

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EL DUELO. Vivir la pérdida.

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El objetivo de este artículo es ofrecer la mejor información posible acerca de lo que es el duelo y cómo afrontarlo, a las personas que han perdido a un ser querido.

El hecho de saber no suprime necesariamente el dolor, pero permite situarlo, comprenderlo y afrontarlo de otra manera. Por duro, desconcertante, difícil y largo que te parezca, el duelo es la reacción normal y natural ante una pérdida, el modo en que los seres humanos nos enfrentamos y adaptamos a la muerte de los que amamos.

Encontrarás aquí respuesta a las preguntas: qué es el duelo, qué sentimientos aparecen, qué puedo hacer para recuperarme, qué obstáculos puedo encontrar y cómo afrontarlos, cuándo y dónde pedir ayuda, en caso necesario.

Lo que importa no es lo que la vida te hace, sino lo que tú haces con lo que la vida te hace.
EDGAR JACKSON

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QUÉ ES EL DUELO
El duelo es la reacción normal ante cualquier pérdida
La muerte de un ser querido es una de las situaciones más duras que tiene que enfrentar un ser humano. Aunque suele provocar reacciones intensas en nuestra psicología (confusión, tristeza, angustia, impotencia, miedo…) y también en nuestro cuerpo (tensiones musculares y otras molestias físicas, pérdida de apetito o de sueño, propensión a enfermedades…) el duelo no es una enfermedad, la enfermedad realmente sería no hacer el duelo. El duelo por la muerte de una persona importante en nuestra vida es siempre muy doloroso. No hay una varita mágica que nos evite ese sufrimiento. El dolor es inevitablemente el precio que pagamos por amar a otras personas. Si no nos doliera perder a nuestros seres queridos, dejaría de tener sentido toda nuestra existencia.

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Estamos preparados psicológicamente para enfrentar pérdidas
La vida es una sucesión continua de pequeñas y grandes pérdidas. El duelo es la reacción ante cualquier pérdida o separación. Estamos acostumbrados desde que nacemos a sobrellevar pérdidas. Antes que nosotros, millones de seres humanos han enfrentado la muerte de sus seres queridos: hijos, parejas, hermanos, hijos… Estamos adaptados y contamos con los recursos psicológicos necesarios para enfrentar estas situaciones.

Todos los duelos no son iguales
Aunque el proceso de duelo se pone en marcha de manera natural en todas las personas, hay situaciones que pueden hacer más difícil, más duro, más largo el camino de la recuperación:

Cómo fue la muerte. No es lo mismo una muerte esperada a la que nos hemos ido preparando, que una muerte repentina. Y si la muerte es inesperada, no es lo mismo que la causa sea una enfermedad, por ejemplo, un infarto, que algo traumático o violento cómo un accidente. Todavía será más difícil si ha sido por un suicidio o como consecuencia de un asesinato…

Cómo suelo responder habitualmente ante las adversidades. El modo en que acostumbro a enfrentarme a situaciones de crisis. Si sufro habitualmente de problemas de ansiedad o depresión.

Cómo era mi relación con la persona fallecida. Quién era esa persona para mí, qué me daba, cómo de intensa era la unión. Tampoco será lo mismo si nuestra relación fue más bien tranquila, serena, armoniosa o, por el contrario, conflictiva o ambivalente (mezcla de amor y odio) También se hace difícil aprender a vivir sin la otra persona si la relación era muy dependiente (Si lo era todo para mi, lo haciámos todo juntos…)

A quién he perdido. No es lo mismo perder a tus padres ancianos (por doloroso que esto pueda ser) que la muerte de un hijo.

Vivir al mismo tiempo otras pérdidas o dificultades. Por ejemplo, perder el trabajo, un divorcio o sin haberme recuperado de una muerte sobrevenir otra; o vivir la muerte de tu pareja teniendo hijos en edad de crianza y tener que hacer frente a la pérdida de ingresos, etc.

El duelo tiene un final
Cuando estás inmerso en el dolor del duelo te parece que nunca vas a poder salir de ahí, porque lo único que quieres es tenerla de nuevo y, al mismo tiempo, sabes que nunca la vas a recuperar… Pero todo lo que comienza tiene un final y de la misma manera que comenzó un día tendrá también que terminar. Terminar el duelo no es de ningún modo olvidar, pasar página, abandonar al otro (este suele ser el gran temor de las personas en duelo) Terminar es darle un lugar en lo más íntimo de nosotros, un lugar donde la muerte no puede llegar, donde podremos seguir queriéndolo siempre, donde el amor que nos dio permanecerá intacto y que nos permita abrirnos de nuevo a la vida que sigue.

Es mucho más largo de lo que solemos creer
Nos preguntamos: ¿Cuánto tiempo va a durar esto? El duelo dura mucho más de lo que se piensa. Existe la creencia errónea de que pasado el primer año, ya tenemos que estar bien. Además suele haber cierta prisa en familiares y amigos; quieren vernos enseguida recuperados cuando en realidad todavía nos queda mucho por hacer. Tú misma también puedes tener prisa por ponerte bien, por dejar de sufrir, por seguir con la vida de antes… Por ejemplo, en la muerte de un hijo, podemos necesitar de 3 a 5 años. En la muerte de la pareja de 2 a 3 años, sabiendo que el dolor no va a ser siempre igual que al principio, que irá disminuyendo con el paso del tiempo (las crisis serán menos intensas y espaciadas).

Cada duelo, como cada persona, es distinto
Y por lo tanto, no son comparables. Aunque haya cosas comunes por las que tenemos que pasar todos, el duelo exige al final una respuesta personal. La duración y la intensidad del duelo puede ser muy distinta de unas personas a otras, y no guarda relación con la intensidad de nuestro amor.

El duelo inevitablemente te cambia
No puedes pretender volver a ser otra vez la de antes. La personas que han pasado esta experiencia reconocen que el duelo les ha hecho cambiar, crecer, madurar, valorar más lo que es realmente importante, salir de si mismas, amar mejor, disfrutar más de las cosas pequeñas de la vida, ser mejores personas, más sensibles y solidarias con el dolor de los demás, tener más esperanza… Reconocen que aun habiendo sufrido mucho, era necesario hacer este camino. Paradojicamente las personas que mas han sufrido después de perder a un ser querido suelen ser las que más esperanza dan otros que enfrentan una situación similar.

Existen riesgos
El riesgo de no aceptar la muerte, de morirte con tu ser querido, de no querer volver a la vida, de que la amargura se instale en tu corazón. Aunque el duelo no es una enfermedad y todos los seres humanos lo tenemos que enfrentar tarde o temprano, hay circunstancias en que la situación nos puede superar, nos puede desbordar… Es el momento de pedir ayuda.

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REACCIONES

Es importante tener en cuenta lo que nos puede ocurrir después de una pérdida: Lo que podemos sentir, pensar y hacer ante una pérdida.

Estas son algunas de las reacciones más comunes que suelen aparecer después de una pérdida. Recuerda que cada duelo, como cada persona, es único, y también su manera de reaccionar:

SENTIMIENTOS

– SHOCK- INSENSIBILIDAD:
Es como si le estuviese pasando a otro… Como viviendo entre nubes, nada parece real ó te sientes embotada, como un autómata…, incapaz de reaccionar.
Este aturdimiento inicial tiene sentido: te protege, amortigua la dura realidad mientras te vas haciendo a la idea.

– NEGACIÓN / INCREDULIDAD:
Imposibilidad de creer que ha muerto. ¡No puede ser verdad! Durante un tiempo piensas y actúas como si tu ser querido continuara vivo. Suena el teléfono y, por un instante, piensas que es él. No has perdido la esperanza de que vuelva. Lo buscas, lo esperas.
Necesitas este tiempo de no creertelo, tu cabeza sabe lo que ha pasado, tu corazón no quiere ni puede creerlo.

– ENOJO / RESENTIMIENTO:
¿Por qué has permitido esto Dios mío?. ¡Esos malditos médicos la dejaron morir!. ¿Cómo me dejas ahora con todo lo que te necesito?. ¡Todos siguen viviendo como si nada hubiera pasado!. Estás rabioso contra todos y contra todo.
El resentimiento forma parte de tu dolor y es algo normal. No luches contra él…! Déjalo salir. A medida que tu dolor se vaya calmando ira disminuyendo.

– TRISTEZA:
Siento una pena muy grande y todo me hace llorar. La tristeza es el sentimiento más común. Puede tener muchas expresiones: llanto, pena, melancolía, nostalgia…
Date permiso para estar triste, para llorar… No te preocupes si lloras mucho o poco; el llanto no es la medida de tu amor, cada uno se expresa como puede, a su manera.

– MIEDO / ANGUSTIA:
Estoy asustado/a…, ¿qué va a ser de mí?. Es como su el mundo se hubiera parado para tí. Te sientes inquieto/a, confuso/a, desamparado/a, desesperado/a. Tienes miedo de volverte loco/a, a no sobrevir sin tu ser querido. Miedo a morir tu también, a que ocurra otra desgracia.
Estos sentimientos tan intensos y tan desagradables forman parte del dolor del duelo. Date permiso para estar así: sentirte frágil, sentir miedo como un niño… deja que esa parte de ti se exprese. La muerte de un ser querido te hace mas consciente de la realidad de la muerte, de su posibilidad.

– CULPA / AUTORREPROCHES:
Si al menos hubiera sido más cariñoso/a… Si hubiera llamado antes al médico… Si hubiera tenido más paciencia… Si le hubiera dicho más a menudo lo que le quiero…
La lista puede ser interminable. La culpa es un sentimiento natural en el duelo, sobretodo al principio. Piensa que el pasado no puede cambiarse y ya tienes bastante sufrimiento como para castigarte de esta manera. El mejor antídoto para la culpa es la humildad que supone aceptar nuestras limitaciones.

– SOLEDAD:
Me siento tan sola ahora, lo hecho de menos en tantas cosas, en tantos momentos… me duele tanto su ausencia.
Son tantas cosas vividas y compartidas juntos que vas a necesitar mucho para aprender y acostumbrarte a estar sin él o ella. La primera vez de cafda cosa sin esa persona duele mucho: volver por primera vez a ese lugar que tanto le gustaba, mi cumpleaños, las primeras navidades, las vacaciones…

– ALIVIO:
Gracias a Dios que todo ha terminado.
El final de una larga y dolorosa enfermedad o relación se pueden vivir con una sensación de alivio y descanso.

– SENSACIÓN DE OÍR ó VER AL FALLECIDO:
Me parece que me sigue llamando por la noche. El otro día me pareció verlo entre la gente. Siento su presencia cerca de mi.
Son sensaciones pasajeras absolutamente normales después del fallecimiento de una persona querida. Suelen darse en algunas personas en los primeros meses después de la pérdida. Se viven con serenidad y no se suelen compartir por miedo a ser juzgados.

– AMBIVALENCIA / CAMBIOS DE HUMOR:
Ayer me sentía agradecido a mis amigos por su ayuda y ahora no quiero ni verlos.
Puedes estar tranquilo en un momento dado y alborotado en el instante siguiente. Los sentimientos pueden ser cambiantes y contradictorios.
Acéptate que durante un tiempo puedes estar así y quierete.

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EL DUELO DEL CUERPO
El dolor se expresa a través del cuerpo, es el llamado duelo del cuerpo. Mas abajo tienes una lista con algunas de las sensaciones corporales que puedes sentir, son todas ellas perfectamente normales y suelen ser pasajeras. Tienes que saber que si reprimes mucho las emociones que acompañan al duelo, te haces el fuerte, etc, el dolor se expresará en forma de tensiones musculares y otras molestias.
Hay que tener en cuenta también que durante en duelo podemos ser mas vulnerables a las enfermerdades. Por ello, tendremos que cuidarnos mucho y consultar a un profesional si nuestras molestias físicas se mantienen durante tiempo. También deberemos consultar si estamos perdiendo peso, no dormimos lo suficiente o no podemos realizar nuestras actividades cotidianas.
Hay que tener presente también que el duelo exige mucho esfuerzo psicológico y, por lo tanto, es normal encontrarnos con un nivel bajo de energía, mas cansados, con menos capacidad de concentración… Esto nos puede hacer mas propensos a los accidentes. Es bueno saberlo.

– NAUSEAS
– PALPITACIONES
– OPRESIÓN EN LA GARGANTA, EL PECHO
– NUDO EL ESTÓMAGO
– DOLOR DE CABEZA
– PÉRDIDA DE APETITO
– INSOMNIO
– FATIGA
– SENSACIÓN DE FALTA DE AIRE
– PUNZADAS EN EL PECHO
– PÉRDIDA DE FUERZA
– DOLOR DE ESPALDA
– TEMBLORES
– HIPERSENSIBILIDAD AL RUIDO
– DIFICULTAD PARA TRAGAR
– OLEADAS DE CALOR
– VISIÓN BORROSA

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CONDUCTAS HABITUALES:

– Llorar
– Suspirar
– Buscar al fallecido (en sus cosas, esperarlo, llamarlo, poner fotografías…)
– Hablar con él o con ella
– Queres estar solo, evitar a la gente
– Dormir poco o en exceso, soñar o tener pesadillas
– Distracciones, olvidos…
– No para de hacer cosas o, al contrario, apatia, falta de energía

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RECOMENDACIONES

Date permiso para estar en duelo
Date permiso para estar mal, necesitado, vulnerable… Puedes pensar que es mejor no sentir el dolor, o evitarlo con distracciones y ocupaciones pero, al final, el dolor saldrá a la superficie. El momento de dolerte es ahora. Acepta el hecho de que estarás menos atento e interesado por tus ocupaciones habituales o por tus amistades durante un tiempo, que tu vida va a ser diferente, que tendrás que cambiar algunas costumbres…

Deja sentir dentro de ti el dolor
Permanece abierto al dolor de tu corazón. Siente y expresa las emociones que surjan, no las pares. No te hagas el fuerte, no te guardes todo para ti, y con el tiempo, el dolor irá disminuyendo. Sentir y expresar el dolor, la tristeza, la rabia, el miedo… por la muerte de tu ser amado, es parte del camino que tienes que recorrer.

Date tiempo para sanar
El duelo por la pérdida de una persona muy importante suele durar entre 1 y 3 años. No te hagas pues expectativas mágicas. Estate preparado para las RECAÍDAS. Hoy puedes estar bien y un suceso inesperado, una visita, el aniversario, las Navidades te hacen sentir que estás como al principio, que vas para atrás, y no es así. El momento más difícil puede presentarse alrededor de los 6 meses del fallecimiento, cuando los demás comienzan a pensar que ya tienes que haberte recuperado.

Sé paciente contigo mismo/a
Aunque las emociones que estas viviendo pueden ser muy intensas y necesitar mucha energía, son PASAJERAS. Procura vivir el momento presente, por duro que sea. Se amable contigo mismo/a. Recuerda que el peor enemigo en el duelo es no quererse.

No temas volverte loco/a
Puedes vivir sentimientos intensos de tristeza, rabia, culpa, confusión o abatimiento, deseos de morir… Son reacciones habituales y normales después de la muerte de un ser querido.

Aplaza las decisiones importantes
Decisiones como vender la casa, dejar el trabajo, marcharte a otro lugar…, es preferible dejarlas para más adelante. Seguramente, ahora no puedes pensar con suficiente claridad, y podrías más tarde lamentarlo. No suele ser tampoco conveniente iniciar una nueva relación afectiva (nueva pareja, otro embarazo…) mientras no hayas resuelto adecuadamente la pérdida.

No descuides tu salud
Pasados los primeros días puede resultarte muy útil que te hagas un horario (hora de levantarte, comidas, hora de acostarte…) y lo sigas. Aliméntate bien y cuida tu cuerpo. No abuses del tabaco, alcohol, tranquilizantes… Durante el proceso de duelo somos más suceptibles de sufrir enfermedades. Si padeces alguna enfermedad crónica no abandones los cuidados habituales ni los tratamientos con la escusa de que te da igual lo que te pase…

No te automediques
Si para ayudarte en estos momentos tienes que tomar algún medicamento, que sea siempre a criterio de un médico y nunca por los consejos de familiares, amigos y vecinos bien intencionados. Recuerda que tomar medicamentos para “no sentir” pueden contribuir a cronificar el duelo.

Busca y acepta el apoyo de los otros
Sigue conectado con los otros. Necesitas su presencia, su apoyo, su preocupación, su atención… Dale la oportunidad a tus amigos y seres queridos de estar a tu lado. Piensa que pueden querer ayudarte, pero no saben la manera de hacerlo. Pueden temer ser entrometidos o hacerte daño si te recuerdan tu pérdida. No te quedes esperando su ayuda y pídeles lo que necesitas.

Procura ser paciente con los demás
Ignora los intentos de algunas personas de decirte cómo debes sentirte y por cuanto tiempo. Sentirás que algunas personas no comprenden lo que estas viviendo. Intentarán hacer que te olvides de tu dolor, comprende que lo hacen para no verte triste. Piensa que quieren ayudarte, pero que no saben como hacerlo. Busca personas de confianza que te permitan “estar mal” y desahogarte sin miedo cuando lo necesites.

Date permiso para descansar, disfrutar y divertirte
Date permiso para sentirte bien, reír con los amigos, hacer bromas… Tienes perfecto derecho y además puede ser de gran ayuda que busques, sin forzar tu propio ritmo, momentos para disfrutar. Recuerda que tu ser querido querría solo lo mejor para ti y que los “malos momentos”, vendrán por si solos.

Confía en tus propios recursos para salir adelante
Recuerda como pudiste resolver otras situaciones difíciles de tu vida. Repítete a menudo: “algún día encontraré mi serenidad”.

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 Sólo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente
MARCEL PROUST.

CUATRO TAREAS
Hacer el duelo no consiste en dejar simplemente que el tiempo vaya pasando, esperando que de esta manera la herida por la muerte de nuestro ser querido deje de doler y podamos así recuperar la vida que teníamos. Hacer el duelo requiere de nuestra parte un esfuerzo consciente y prolongado para afrontar el dolor y el vacío por la pérdida y adaptarnos a la nueva realidad, a la vida sin nuestro ser querido.
El duelo requiere pues de unas tareas que necesitan su tiempo e implicación por nuestra parte para poder avanzar y recuperarnos adecuadamente de la pérdida.
Reconocer la pérdida

Aceptar la dura realidad de que tu ser querido ha muerto y no vas a recuperarlo. Desde la cabeza es fácil, ya sabes que está muerto, pero lo realmente difícil es aceptar con el corazón. Durante un tiempo no te lo vas a poder creer. Vas a esperarle, buscarle, pensar que es una pesadilla de la que vas a despertar… Es muy muy normal un tiempo (pueden ser meses) en que niegues o te rebeles contra la dura realidad. Necesitas tiempo.

Hablar de tu pérdida, contar una y otra vez cómo murió, visitar el cementerio o el lugar donde se esparcieron los restos…Todo esto te puede ayudar a ir aceptando el hecho de la muerte.
Antes o después llegará el día en que pierdas toda esperanza de recuperar a tu familiar o amigo. Será un momento muy doloroso pero también necesario y liberador.
Reconocer la pérdida puede resultar más difícil cuando la muerte fue inesperada o violenta. También si estabas lejos cuando ocurrió y no pudiste participar en la despedida, o si la muerte fue incierta y no se recuperó el cadáver, o si se trata de la muerte de un niño…

No es nada aconsejable recurrir al espiritismo en un intento de mantener la relación. El proceso normal de duelo puede verse interrumpido y afectarnos muy negativamente.

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Expresar el dolor

Necesitas también sentir el dolor y todas las emociones que le acompañan: tristeza, rabia, miedo, impotencia, soledad, culpa…
Expresarlas una y otra vez, una y otra vez, este es el camino, hasta que nos vaciemos de ellas.

Habrá personas que te dirán: “Tienes que ser fuerte”. No les hagas caso. No escondas tu dolor. Comparte lo que te está pasando con tu familia, amigos de confianza…No te guardes todo para ti mismo por miedo a cansar o molestar. Busca aquellas personas con las cuales puedes expresarte tal y como estás.
Si no quieres mostrar tus emociones a otros o no tienes con quién, busca otras maneras de darles salida: ir al cementerio, hablar a su fotografía, escribir un diario, caminar o hacer deporte para liberar la tensión acumulada en el cuerpo…
Sobre todo en los primeros meses, puede ocurrir que nos sintamos de manera inesperada invadidos por una oleada de dolor intenso. Es algo perfectamente normal, las emociones acumuladas necesitan salir de vez en cuando. Estas oleadas irán disminuyendo en frecuencia e intensidad con el paso del tiempo.

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Aprender a vivir sin esa persona

Después dela muerte de un ser querido la vida sigue con sus muchas actividades y exigencias. Además, y especialmente después del fallecimiento de la pareja, tenemos que aprender a desempeñar tareas que antes hacía el fallecido, aprender a vivir sólo, aprender a tomar decisiones por uno mismo, aprender nuevas formas de relación con la familia y amigos… Es normal que todos estos cambios nos angustien un poco y requieren de tiempo y esfuerzo para adaptarnos a la nueva situación. No olvidar pedir en estos momentos la ayuda de familiares y amigos.

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Crear un vínculo interior y volver a la vida

Llega un momento en que sabes que es necesario dejar atrás el dolor y el pasado. ¡Eso no quiere decir olvidar o abandonarlo! Comprender que el dolor no tiene que ser lo que nos mantiene unidos a nuestro ser querido y soltar el dolor. Que nuestro ser querido ocupe el lugar que le corresponde en nuestro corazón, allí donde el amor que nos tuvimos está intacto para siempre y del que nos podemos sentir agradecidos.

No hay nada malo en, llegado el momento, querer disfrutar, en querer volver a ser feliz, en querer establecer nuevas relaciones… En realidad, el corazón herido cicatriza abriéndose a los demás. Nuestro ser querido lo que desearía es que rehiciéramos nuestra vida, que fuéramos dichosos de nuevo. Nadie se va pidiendo esa fidelidad!

Esto es lo que escribía una adolescente a su madre 2 años después de perder a su padre: “Existen otras personas a las que amar, y eso, no significa que quiero menos a papá”

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CÓMO AYUDAR
El amigo que está en silencio con nosotros, en un momento de angustia o incertidumbre, que puede compartir nuestro pesar y desconsuelo… y enfrentar con nosotros la realidad de nuestra impotencia, ése es el amigo que realmente nos quiere. HENRI NOUWEN

Si quieres acompañar a alguien que ha perdido un ser querido te puede ayudar haber pasado por una situación similar, pero no olvides que cada persona y cada duelo es diferente, y lo que a ti te costó más o te ayudó especialmente no tiene porque serlo para el otro.
Si no has pasado por esa situación, te puede ser útil informarte sobre el proceso de duelo y así entender mejor lo que está viviendo, sus reacciones y la dificultad del camino tiene que recorrer.

Una creencia erronéa es pensar que tenemos que hacer o decir algo que le ayude o consuele. Tal exigencia nos puede llevar a no saber qué decir o recurrir a frases hechas: “Tienes que olvidar”…, “Mejor así, dejó de sufrir”…, “El tiempo todo lo cura”…, “Manténte fuerte por los niños”…, “Es la voluntad de Dios”…, “Es ley de vida”…
No intentes darle una justificación a lo que ha ocurrido. No te empeñes en animarle o tranquilizarle, posiblemente lo que necesita sólo es que le escuches. No le quites importancia a lo que ha sucedido hablándole “del lado bueno” o de lo que “todavía le queda”. Tampoco le digas que tiene que sobreponerse, ya lo hará a su tiempo (pueden ser o años…)
Y si no sabes que decir, no digas nada. Escuchale, sin pensar que tienes que dar consejos constantemente o estar levantando el ánimo. En resumen se trata de acompañarle en el dolor… de estar ahí…

Lo que más suelen necesitar al principio es hablar…
Permitir que hable todo el tiempo y todas las veces que lo necesite. Esta necesidad se mantiene durante mucho tiempo después del fallecimiento y es normal.
Una pareja de padres expresaba su pesar con estas palabras: ” Los parientes y los amigos rehuyen hablar o pronunciar el nombre de nuestra hija, desviando la conversación hacia cualquier otro tema. Tal vez tengan miedo de alterarnos o hacernos llorar. Pero, ¿qué pretenden? ¿qué la olvidemos o que no lloremos más? ”
Comparte con tu familiar o amigo/a recuerdos de la persona fallecida (ver fotos, contar anécdotas…) Recordar a la persona amada es un consuelo para los supervivientes. Repetir y evocar los recuerdos es parte del camino que tienen que recorrer. Recuerda que también hay personas que viven un duelo más íntimo y prefieren no exteriorizar sus emociones.

No es malo que lloren
Sentir y expresar el dolor, la tristeza, la rabia, el miedo…por la muerte de un ser querido es parte del camino del duelo.
Estás equivocado si piensas que verle o dejarle llorar y emocionarse no sirve más que para añadir más dolor al dolor. Ayudar a alguien que sufre no es distraerle de su dolor. Mediante la vivencia y expresión de los sentimientos, la persona en duelo suele sentirse aliviada y liberada.
No temas nombrar y hablar de la persona fallecida por miedo a que se emocione. Si llora, no tienes que decir o hacer nada especial, lo que más necesita en esos momentos es tu presencia, tu cercanía, tu compañía y tu afecto.
No temas tu mismo llorar o emocionarte. No hay nada malo en mostrar tu pena, en mostrar que a ti también te afecta lo que ha pasado, en mostrar que te duele ver a tu amigo o familiar en esa situación.
En determinados momentos puede preferir no hablar. Respeta su deseo. El hecho de que no le apetezca hablar de la pérdida hoy no significa que no quiera hacerlo en otro momento. La mejor manera de saberlo es preguntarle directamente.

Una buena manera de ayudar es ofrecete para colaborar en algunas tareas cotidianas, como hacer la compra, ir a buscar a los niños o encargarte del papeleo.

La importancia de mantener el contacto
El duelo dura mucho mas de lo que solemos pensar. A partir de los 6 meses suelen ir reduciendose progresivamente las visitas, las llamadas y se deja de preguntar o de mencionar a la persona fallecida. Pero es precisamente a partir de entonces (entre los 6 meses y el primer aniversario) cuando la persona comienza a vivir con toda su crudeza el dolor por la ausencia y a ver las implicaciones que va a tener en su vida. Puede que nos digan que están bien porque es lo que se espera de ellos o para no cargarnos con su pena.
El contacto puede mantenerse de muchas maneras. Puedes hacerle una visita, quedar para tomar un café o dar un paseo, enviar una carta o un email. Con una llamada telefónica, por ejemplo, puedes romper su soledad y recordarle que no está solo/a, que alguien está pensando en él o ella.
Las fiestas y aniversarios son momentos particularmente dolorosos en los que podemos hacer un esfuerzo especial para estar cerca de la persona en duelo.

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NIÑOS
Algunas sugerencias para acompañar a un niño que ha perdido a un ser querido.

Ser completamente honestos con el niño/a.
Acompañar a un niño en duelo significa ante todo NO APARTARLE de la realidad que se está viviendo, con el pretexto de ahorrarle sufrimiento. Incluso los niños más pequeños, son sensibles a la reacción y el llanto de los adultos, a los cambios en la rutina de la casa, a la ausencia de contacto físico con la persona fallecida…, es decir, se dan cuenta que algo pasa y les afecta. Solamente en el caso de muertes repentinas e inesperadas, sería aconsejable (aunque no siempre posible) apartar al niño durante las primeras horas. El niño puede y debe percibir que los adultos estan tristes, o que lloran, que lo sienten tanto como él, pero evitaremos pueda presenciar escenas desgarradoras de dolor y pérdida de control de los adultos. No es aconsejable decir delante del niño cosas como “yo también me quiero morir” o “¿Qué va ser de nosotros?”

– Cuándo y cómo dar la noticia.
Aunque resulte muy doloroso y difícil hablar de la muerte con el niño, es mejor hacerlo lo antes posible. Pasadas las primeras horas de mayor dramatismo y confusión, buscaremos un momento y un lugar adecuado y le explicaremos lo ocurrido con palabras sencillas y sinceras. Por ejemplo, podemos decirles: “Ha ocurrido algo muy triste. Papá ha muerto. Ya no estará más con nosotros porque ha dejado de vivir”.

– Explicar cómo ocurrió la muerte.
Procuraremos hacerlo con pocas palabras. Por ejemplo: “Ya sabes que ha estado muy muy muy enfermo durante mucho tiempo. La enfermedad que tenía le ha causado la muerte” El niño puede tener miedo de morir ante cualquier enfermedad banal, por lo que es importante recalcarles que las personas sólo se mueren cuando están muy muy muy enfermas, y tienen una enfermedad que muy poca gente coge. Es caso de accidente, podemos decir que quedó muy muy muy malherido, que los médicos y las enfermeras hicieron lo posible para “arreglar” el cuerpo, pero que, a veces, está tan herido o enfermo que las medicinas no le pueden curar.
– Si la muerte fue por suicidio, de nada sirve ocultarlo porque tarde o temprano, se acaban enterando por alguien ajeno a la familia. Es mejor pues explicar al niño qué es el suicidio, y responder a sus preguntas. (Ver el folleto “Niños sobrevivientes de suicidas, una guía las personas que los cuidan”.

– ¿Qué podemos decirles si nos preguntan por qué? ¿Por qué ha muerto? ¿Por qué a mi?
Son preguntas difíciles de responder. No pasa nada por decirles que nosotros también nos hacemos las mismas preguntas, o que sencillamente no sabemos la respuesta. Es bueno se sepan que todos los seres tienen que morir algún día y que le ocurre a todo el mundo. Los niños en su fantasía pueden creer que algo que pensaron, dijeron o hicieron causó la muerte. Si un niño dice: “me hubiera gustado ser más bueno con mamá, así ella no habría muerto”, debemos decirle con calma pero con firmeza que no ha sido culpa suya.

-Para los niños menores de 5 años, la muerte es algo provisional y reversible.
Será pues necesario ser pacientes para explicarle una y otra vez lo ocurrido y lo que significa la muerte. Es su mente, la persona que ha muerto sigue comiendo, respirando y existiendo, y se despertará en algún momento para volver a llevar una vida completa.
Los niños de estas edades se toman todo al pie de la letra. Es mejor pues decir que ha muerto, que usar expresiones como “se ha ido”, “lo hemos perdido” (pueden pensar: ¿y si me pierdo yo y no se volver a casa?), “ha desaparecido”, “se ha quedado dormido para siempre” (pueden temer no poder despertarse), “Se ha marchado de viaje”, “Dios se lo ha llevado” … Estas expresiones pueden alimentar su miedo a morir o ser abandonados, y crear más ansiedad y confusión.
Para que el niño entienda qué es la muerte, suele ser útil hacer referencia a los muchos momentos de la vida cotidiana donde la muerte está presente: en la naturaleza, muerte de animales de compañía…

Permitir que participe en los ritos funerarios.

– Animar al niño a asistir y participar en el velatorio, funeral, entierro.
Tomar parte en estos actos puede ayudarle a comprender qué es la muerte y a iniciar mejor el proceso de duelo.Si es posible, es aconsejable explicarle con antelación qué verá, qué escuchará y el porqué de estos ritos.

– Animar también al niño a ver el cadáver.
Muchos niños tienen ideas falsas con el cuerpo. Comentarle que el cuerpo deja de moverse del todo y para siempre, deja de respirar, de comer, de hablar, de ir al baño, y no siente dolor. Dejarle bien claro que ya no siente nada; ni lo malo, ni el frío, ni el hambre… Insistir en que la muerte no es un especie de sueño y que el cuerpo no volverá ya ha despertarse. Antes de que vea el cadáver, explicarle dónde estará, qué aspecto tendrá…

– Lo ideal es que el niño pueda pasar un rato de tranquilidad e intimidad con el cadáver.
Puede pedirse que nos dejen a solas con el niño y que no se interrumpa durante unos minutos. Si el niño no quiere ver el cadáver o participar en algún acto, no obligarle ni hacer que se sienta culpable por no haber ido.Si los padres o padre superviviente están demasiado afectados para ocuparse de las necesidades del niño, puede ser conveniente que otra persona (un familiar o amigo de la familia) se ocupe de atenderle y se responsabilice de acompañarle durante estos actos. Es preferible que sea alguien cercano al niño, que le permita expresar sus emociones y se sienta cómodo contestando sus preguntas.

Animarle a expresar lo que siente.

– Aunque no siempre las expresen, los niños viven emociones intensas tras la pérdida de una persona amada.
Si perciben que estos sentimientos (rabia, miedo, tristeza…) son aceptados por su familia, los expresarán más fácilmente, y esto les ayudará a vivir de manera más adecuada la separación. Frases como: “no llores”, “no estés triste”, “tienes que ser valiente”, “no está bien enfadarse así”, “tienes que ser razonable y portarte como un grande” …, pueden cortar la libre expresión de emociones e impiden que el niño se desahogue.

– A tener en cuenta.
Su manera de expresar el sufrimiento por la pérdida, no suele ser un estado de tristeza y abatimiento como el de los adultos. Es más frecuente apreciar cambios en el carácter, cambios frecuentes de humor, disminución del rendimiento escolar, alteraciones en la alimentación y el sueño…

Algunas respuestas habituales en los niños de 2 a 5 años.

Perplejidad:
Parecen totalmente confusos sobre lo que ha ocurrido o se niegan a creerlo. Es posible que pregunten reiterativamente: “Dónde está papá?”. Desean saber cuándo va a volver la persona fallecida, o la buscan activamente.

Regresión:
Se pegan al padre superviviente, se quejan, se hacen pipí en la cama, piden un biberón, se chupan el dedo…

Ambivalencia:
A algunos niños parece no afectarles en absoluto la muerte. Responden ante la noticia con preguntas o afirmaciones inadecuadas. Aunque sea una reacción desconcertante, es bastante común. Significa que no ha aceptado o afrontado la muerte, pero comprende lo que ha sucedido. Lo más habitual, es que el niño elabore el duelo alternando fases de preguntas y expresión emocional, con intervalos en que no menciona para nada el asunto.

Suele sentir rabia y enfado:
Sienten haber sido abandonados, y puede expresarla de muchas maneras: irritabilidad, pesadillas, juegos ruidosos, travesuras…Es frecuente que dirijan el enfado hacia un familiar cercano. Permitirle que saque la rabia gritando, corriendo, saltando, golpeando con cojines, por ejemplo…

Expresan su dolor a través de los juegos:
Con sus compañeros y amigos pueden jugar a morirse, al entierro…Todos estos comportamientos son absolutamente normales y tienen que ser respetados como necesarios para que el niño realice de forma adecuada el duelo.

Toman a sus padres como modelo:
No es malo que los niños vean el dolor y la tristeza. No tengamos miedo de mostrar los propios sentimientos delante del niño (excepto manifestaciones violentas de rabia y dolor) Cuando le mostramos lo que sentimos, el niño nos percibe más cercanos, y es más fácil que nos diga el también, lo que le está pasando.
Un padre o una madre que no se inmute después de una muerte para no entristecer a sus hijos, puede hacer que éstos “congelen” sus emociones. O si muestra cólera, un dolor extremo o una conducta histérica, su hijo puede imitar este comportamiento.

Miedo a morir u a otra pérdida:
Los niños más pequeños creen que la muerte es contagiosa y pueden pensar que pronto le llegará su turno. Explicarles que no tienen nada que temer.
Les preocupa que el padre o la madre superviviente también les abandone. Se preguntan qué les ocurriría y cómo sobrevivirían.

Establecen vínculos afectivos:
Aunque el niño sepa que su ser querido ha muerto, siente necesidad de seguir manteniendo una relación afectiva, y así, la persona fallecida puede por un tiempo convertirse en un padre o madre imaginario. En algunos casos, podemos ayudar al niño dándole algún objeto personal del fallecido, que este conserve como un recuerdo precioso y una forma de unión íntima con él.
El niño puede establecer vínculos afectivos con otros adultos que se parezcan al difunto o tengan unas cualidades similares (un familiar, la maestra, el psicólogo…) y pedirles que sean su padre o su madre. Esta conducta es bastante común y no significa que el padre superviviente no satisfaga las necesidades del niño.

Comprueban la realidad:
Al principio es posible que parezca y saben y aceptan lo que ha ocurrido, pero después, al cabo de varias semanas o meses, preguntan cuando volverá o lo buscan por la casa

Algunas respuestas habituales en los niños de 6 a 9 años.
Según William C. Kroen “Los niños de estas edades saben que la muerte es permanente y real”.

La negación.
Una respuesta muy común es negar que la muerte haya ocurrido. Es su negación pueden mostrarse muy agresivos. Algunos pueden mostrarse más contentos y juguetones que de costumbre, como si la pérdida nos les hubiera afectado. Los adultos pueden malinterpretar esta conducta y reaccionar con cólera o simplemente ignorar a los niños. Pero en realidad esta negación indica que los niños sienten un dolor tan profundo que intenta levantar un muro para que la muerte no les afecte.
estos niños necesitan oportunidades para llorar la pérdida y es posible que también necesiten permiso para hacerlo. Se puede decir algo como: “No tienes que mostrar tu tristeza a todo el mundo, pero si quieres puedes compartirla conmigo. Si tienes ganas de llorar y estar triste a solas, me parece muy bien, pero después de estar así durante un rato, sería bueno que hablaras con alguien de como te sientes.

La idealización.
Insistir en que “mamá era la persona más lista o perfecta del mundo”, por ejemplo, les permite mantener una relación imaginaria con la persona fallecida.

La culpabilidad.
Es una respuesta normal, sobretodo si no pueden expresar la tristeza que sienten. Comentarios en vida como “vas a matarme”, pueden hacer creer al niño que su mala conducta ha contribuido a la muerte.
Si además la niegan y fingen ser valientes como parte de la negación, los adultos pueden aumentar el sentimiento de culpa al corregirlo o enojarse con él al parecer que la muerte no le importe.
A los niños que se obstinan en negar la muerte y no dejan de sentirse culpables, es difícil que superen la situación sin ayuda.

El miedo y la vulnerabilidad.
Es normal que los niños de estas edades se sientan asustados y vulnerables. Intentan ocultar sus sentimientos, sobretodo a los niños de su edad, porque no quieren que sus amigos o compañeros de la escuela los consideren “diferentes”. Los niños sobre todo pueden actuar con bravuconería o agresividad.

Se ocupan de los demás.
Pueden asumir el papel del fallecido y cuidar de sus hermanos más pequeños o asumir tareas que antes realizaba el padre o la madre que ha muerto.

Buscan a la persona que ha muerto.
Pueden ir de una habitación a otra, o buscarla en el desván o en el sótano. la mejor respuesta es dejar que sigan buscando. Les puede consolar saber que nosotros también a veces sentimos el deseo de hacerlo.
Los tres temores más frecuentes del niño
– ¿Causé yo la muerte?
– ¿Me pasará esto a mi?
– ¿Quién me va a cuidar?

Mantenerse física y emocionalmente cerca del niño
– Permitirle estar cerca, sentarse a su lado, sostenerlo en brazos, abrazarlo, escucharle, llorar con él…Podemos también dejar que duerma cerca, aunque mejor en distinta cama.
– Puede ser adecuado también buscar momentos para estar separados: dejarle sólo en su habitación, dejarle salir a jugar con un amigo… Si es necesario, tranquilizarle diciéndole que estaremos ahí por si nos necesita.
– El niño intuye enseguida que la muerte va a tener muchas consecuencias en la familia. Es bueno decirle que, aunque estamos muy tristes por lo ocurrido, vamos a seguir ocupándonos de él lo mejor posible.
– El niño puede temer también ser abandonado por el familiar sobreviviente. Asegurarle que, aunque está muy afectado por la pérdida, se encuentra bien y no le va a pasar lo mismo.
– Con frecuencia, lo que más ayuda a los niños frente a las pérdidas, es reencontrar el ritmo cotidiano de sus actividades: el colegio, sus amigos, sus juegos familiares, las personas que quiere. También es importante garantizarle el máximo de estabilidad posible. En este sentido no es un buen momento, por ejemplo, para cambiarlo de colegio o para imponerle nuevas exigencias (S. Weis)
– Asegurarles que vamos a seguir queriendo a la persona fallecida y que nunca la olvidaremos

Estar atentos a la aparición de algunos signos de alerta.
– Llorar en exceso durante periodos prolongados
– Rabietas frecuentes y prolongadas
– Apatía e insensibilidad
– Un periodo prolongado durante el cual el niño pierde interés por los amigos y por las actividades que solían gustarle.
– Frecuentes pesadillas y problemas de sueño.
– Pérdida de apetito y de peso.
– Miedo de quedarse solo.
– Comportamiento infantil (hacerse pis, hablar como un bebé, pedir comida a menudo…) durante tiempo prolongado.
– Frecuentes dolores de cabeza solos o acompañados de otras dolencias físicas.
– Imitación excesiva de la persona fallecida, expresiones repetidas del deseo de reencontrarse con el fallecido.
– Cambios importantes en el rendimiento escolar o negativa de ir a la escuela.

IMPORTANTE:
LA PRESENCIA PROLONGADA DE ALGUNO O VARIOS DE ESTOS SIGNOS PUEDEN INDICAR LA PRESENCIA DE UNA DEPRESIÓN O DE UN SENTIMIENTO DE DOLOR SIN RESOLVER. PIDE AYUDA A UN PROFESIONAL QUE VALORE LA SITUACIÓN, FACILITE LA ACEPTACIÓN DE LA MUERTE Y ASESORE A LA FAMILIA EN EL PROCESO DE DUELO.

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Para mas información sobre el tema te sugiero consultar CUENTAME QUE HA PASADO, guía para ayudar a hablar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo a los niños: http://issuu.com/fmlc/docs/guiaduelofmlc

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ADOLESCENTES

La adolescencia suele ser ya una etapa difícil.
El duelo en el adolescente, al igual que ocurre en los adultos, tendrá una intensidad mayor o menor dependiendo del grado de intimidad y vinculación con la persona fallecida, el tipo de relación que existía entre ambos y las circunstancias de la muerte.
También es verdad que los cambios y características propios de la edad hacen que éstos puedan reaccionar de manera diferente a los adultos. Si por ejemplo, son ya habitualmente tendentes a la rebeldía y la emotividad, pueden vivir la experiencia de la muerte de forma más impetuosa. Por otro lado, si la muerte es ya en si misma un tabú entre los adultos, suele ser mucho mayor en la adolescencia, donde además existe per se una negación de la muerte y un sentimiento fuerte de invulnerabilidad.
El adolescente tiene que hacer frente a la pérdida de un ser querido, al mismo tiempo que hace frente a todos los cambios, dificultades y conflictos propios de su edad. Aunque exteriormente parezca ya un adulto, el desarrollo del cuerpo no va siempre a la par con la madurez afectiva. Es por eso que puede necesitar mucho apoyo, comprensión y afecto para emprender el doloroso y difícil proceso de duelo.

Intentan o aparentan ser fuertes.
Muchas veces el adolescente, aunque sufra intensas emociones, no las comparte con nadie. Posiblemente porque se siente de alguna manera, presionado a comportarse como si se las arreglara mejor de lo que realmente lo hace. Después del fallecimiento de su padre, su madre o de su hermano/a, se le puede pedir “ser fuerte” y “mantener el tipo” delante del otro padre o de los hermanos más pequeños. Se espera que sostenga a otros, cuando no sabe si será capaz de sobrevivir a su propio dolor.
Aunque no lo demuestren, es natural que el adolescente sienta mucha rabia, miedo, impotencia… y que se pregunte el por qué y para qué vivir. Los adolescentes perciben la muerte como algo que les hace “diferentes” y temen, que si expresan su dolor públicamente, pueda interpretarse como una señal de debilidad. Otras veces pueden reaccionar con una aparente indiferencia, que no es más que su manera de defenderse de los sentimientos abandono. Esta indiferencia no significa que no les importa y debemos evitar culpabilizarles por su actitud. Este tipo de conflictos puede tener como resultado que el adolescente termine por renunciar a vivir su propio duelo (duelo aplazado o congelado).

Puede faltarles ayuda.
En el caso de fallecimiento del padre o de la madre, puede ocurrir que se preste más atención al padre que queda, que al adolescente. Este, en general, tenderá más al aislamiento que a compartir lo que siente, de ahí que podamos sacar la falsa impresión de que sufre menos.
Como hemos mencionado antes, es frecuente que se espere del adolescente que sea adulto y se haga cargo de cuidar y ayudar al resto de la familia, sobretodo al padre o madre sobreviviente o a los hermanos más pequeños.
La manera de reaccionar de los adultos puede tener también una gran influencia en las reacciones del adolescente frente a la muerte. Es frecuente que los adultos no quieran hablar por miedo a contagiarles su dolor, pero la realidad a veces muy simple: aunque queramos protegerlos, los adolescentes están viviendo su duelo y les duele.
Podríamos esperar que buscaran y encontraran entonces alivio y ayuda en sus amigos, pero cuando se trata de la muerte, salvo que se haya vivido una situación similar, los amigos se sienten impotentes. Los amigos, compañeros normalmente no saben como ayudar, no saben que decir o que hacer, tienen miedo a mencionar el tema y hacerles sufrir más… Esto puede ser interpretado por el adolescente como falta de interés y favorecer más si cabe su aislamiento.

Puede haber conflictos de relación previos al fallecimiento.
El esfuerzo del adolescente para ser cada vez más independiente de sus padres, suele acompañarse de conflictos y problemas en la relación. Atravesar por un periodo de desvalorización de su familia es una forma normal, aunque difícil, de ir separándose de ellos. Si su padre o su madre fallecen mientras está alejándose física y emocionalmente de ellos, puede experimentar un gran sentimiento de culpa. Aunque la necesidad de separarse es perfectamente natural, esta experiencia puede hacer el proceso de duelo más complicado e interrumpirse su camino natural de emancipación.
Si la muerte ocurre en el seno de la familia, es aconsejable discutir abiertamente y cuanto antes con el adolescente los cambios en la forma de vida y en los roles de cada miembro. Con esto podemos evitar que el adolescente tienda a querer reemplazar al fallecido. Sería el caso, por ejemplo, de la hija mayor que adopta el papel de la madre fallecida y cuida de su padre y sus hermanos como lo hacía ésta.

Es necesario ocuparse del dolor de los adolescentes.
En el caso de fallecimiento de uno de los padres, es posible que el que queda no esté en condiciones, al menos durante un tiempo, de ocuparse del dolor de sus hijos. Es el momento en que el entorno del adolescente (abuelos, amigos, profesores, vecinos…) deberían tomar el relevo y jugar un papel que puede ser crucial. Hay que tener en cuenta también que la adolescencia es una etapa en la que, como hemos dicho, el joven inicia, dentro de su proceso de maduración, la separación de su familia. Esto puede explicar, y hay que tenerlo en cuenta, porque puede rechazar la ayuda de personas de la familia más cercana.

Cómo hablar con ellos
Lo mejor es interesarse y preguntar abiertamente y con naturalidad: ¿Tienes mucha pena? o ¿Le echas mucho de menos? Es importante permitir y aceptar sus emociones, decirles que no hay nada malo en estar tristes y hablar de ello. Pero de nada servirán estos buenos consejos si nosotros mismos no somos capaces, a su vez, de manifestar delante de ellos nuestro propio dolor y tristeza: a mi también me da mucha pena y estoy pasándolo mal. Así les demostramos que les queremos, que nos preocupan y eso facilita que hablen, que expresen su dolor, que se desahoguen y en definitiva que se sientan acompañados.

Signos que indican que un adolescente necesita más ayuda
Como hemos visto, son varios los motivos que determinan que el duelo en el adolescente sea más difícil. Algunos adolescentes pueden mostrar un comportamiento inadecuado o preocupante que puede alarmar a su familia.

Vigilar los siguientes comportamientos:
– Negación del dolor y alardes de fuerza y madurez
– Síntomas de depresión, dificultades para dormir, impaciencia, baja autoestima.
– Fracaso escolar o indiferencia hacia las actividades extraescolares.
– Deterioro de las relaciones familiares o con los amigos.
– Mencionar el suicidio como posibilidad de reencuentro con la persona fallecida.
– Conductas de riesgo: abuso del alcohol y otras drogas, peleas, relaciones sexuales sin medidas preventivas…

IMPORTANTE:
LA PRESENCIA PROLONGADA DE ALGUNO O VARIOS DE ESTOS SIGNOS, PUEDEN INDICAR LA NECESIDAD DE PEDIR AYUDA PROFESIONAL, QUE VALORE SU SITUACIÓN, FACILITE LA ACEPTACIÓN DE LA MUERTE Y ASESORE AL ADOLESCENTE Y A SU FAMILIA EN EL PROCESO DE DUELO.

Si eres adolescente y quieres encontrar más información, pincha AQUÍ: http://www.hospicesantacruz.org/sites/default/files/Teen%20Grief%20Handbook_SP.pdf

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SUICIDIO
La muerte por suicidio deja siempre tras de sí muchas preguntas: ¿por qué lo hizo? ¿Podíamos haberlo evitado? … Por más que lo intentas, no consigues entender las razones que le llevaron a quitarse la vida. Aunque preguntarse es inevitable, procura no atormentarte demasiado buscando porqués. Con el tiempo puede que algunas respuestas salgan a la luz.

Es frecuente que por un sentimiento de vergüenza no quieras hablar de cómo se ha producido la muerte. Algunas personas necesitan mucho mucho tiempo para pronunciar la palabra suicidio.

Seguramente te invade también un sentimiento de culpabilidad. Te puedes sentir mal por algo que dijiste, hiciste o dejaste de hacer. La sensación de culpa es algo perfectamente normal después de una muerte de estas características. Uno se reprocha, por ejemplo, el no haberse dado cuenta de lo mal que estaba o el no haber sabido cuidarle. Estos sentimientos deben ir disminuyendo y llegará el día en que sólo quede un sentimiento de impotencia ante la muerte.

Después del suicidio de un ser querido es natural sentir mucho enfado (bronca) hacia la persona que te abandonó (¡Cómo has podido hacerme esto!), hacia Dios que no hizo nada por impedirlo, y hacia todos los que han podido contribuir directa o indirectamente en este acto desesperado. El enfado es un sentimiento pasajero, y como tal, irá también disminuyendo.

Si tu ser querido era una persona depresiva o había realizado varios intentos de suicidio es muy normal que se den a un mismo tiempo sentimientos contradictorios: por un lado una gran tristeza por su pérdida, pero también un gran alivio porque todo ha terminado; ya no habrá que preocuparse más porque lo peor, lo más temido ya ha pasado. Convivir durante años con una persona que sufre así es muy doloroso para todos. Date permiso para sentir alivio

Recuerda que no pudiste elegir por él o por ella, y que la decisión del suicidio fue enteramente suya. Acepta también que a pesar de lo que hayas podido decirle o no decirle, tus palabras no han tenido nada que ver con su decisión.

Si tu también sientes deseos de quitarte la vida, acude lo antes posble a un profesional que te ayude a buscar alternativas.

A medida que la tormenta de emociones vaya calmándose, surgirá poco a poco la aceptación. Date tiempo para llegar allí, un duelo por suicidio es muy traumático para los que se quedan y necesita más tiempo para sanar. Se paciente contigo mismo y verás el día que puedas aceptar su elección y perdonarle.

En duelo después de un suicidio
Documento elaborado por la asociación francesa de ayuda en el duelo Deuil après suicide: Traduccido y adaptado por Alain Giacchi

Como seres humanos nos cuesta aceptar que somos mortales, y cada vez que la muerte nos golpea, parece como si fuera la primera vez. Cada duelo es único. No hay jerarquías en el mundo del dolor. Cada uno vive su duelo a su manera. El proceso dependerá de las relaciones afectivas previas con el difunto, de las circunstancias de la muerte y de la forma de ser del que se queda. Dependiendo de cada caso, el “trabajo de duelo” que es necesario realizar será más o menos difícil, más o menos largo. Cuando se trata de un suicidio, se ponen en juego determinadas circunstancias que pueden llevar a la persona en duelo hacia dificultades particulares. La muerte parece que ha hecho trampa: se ha llevado a alguien a quien todavía no le había llegado la hora. Se trata de una muerte para la cual uno generalmente no se ha podido preparar y en la que el propio fallecido es el autor. El suicidio se vive como una trasgresión de las leyes naturales, una trasgresión estigmatizada desde antiguo por la sociedad, las leyes y las religiones. La persona en duelo se va a ver inmersa en una situación especialmente agotadora. Agotadora porque no comprende, porque duda incluso que haya podido ser así, porque se rebela contra Dios o contra el destino, contra el hecho mismo del suicidio. Agotadora porque se siente culpable “si lo hubiera sabido, si me hubiera dando cuenta, si…si…si…”. Se puede sentir también asediada en cualquier momento por las imágenes traumáticas de la muerte. Quizás no encuentre tampoco en su entorno la ayuda que hubiera recibido de tratarse de una muerte por accidente o enfermedad.

Me siento aplastada por un inmenso dolor

El suicidio de un ser querido provoca un estado de shock emocional, especialmente si no existía ningún indicio de que pudiera ocurrir. Este estado puede durar horas, días, incluso más tiempo.
“Es como si me hubiera caído el mundo encima, como si el mundo se hubiera parado. Me siento como anestesiada, como si esto no me estuviera pasando a mí”, No es posible por el momento asimilar todo el dolor, toda la carga de emociones. Esta muerte tan repentina, tan dramática, tan violenta sumerge durante un tiempo en un estado de intensa perturbación a todas las personas cercanas al fallecido.
El suicidio es vivido como un autentico seísmo. Pero pasado esos primeros momentos, estas reacciones perfectamente naturales y compresibles, darán paso al trabajo de duelo, un tiempo largo y doloroso, pero también necesario.

No comprendo lo que ha pasado

Todo suicidio tiene su parte de misterio. Para comprender a la persona que se ha suicidado tendríamos que ser ella. Y ni siquiera en ese caso, ya que ni ella misma sería seguramente consciente de la causa profunda, incluso secreta de su sufrimiento. Todo lo que podemos decir es que se ha suicidado porque estaba en un estado de sufrimiento tal que la vida se había vuelto intolerable. Para poner fin al sufrimiento, para que éste cesara, no encontró otra solución que quitarse la vida. Querer comprender más allá, solo sirve para torturarse, es hacerse preguntas que corren el riesgo de no encontrar jamás una respuesta. La crisis suicida puede tener varios significados; obedece a varias causas, es evolutiva y se vive en lo más íntimo de la persona.
Admitir que la persona que se ha suicidado se ha llevado con ella su parte del misterio, y que más que juzgarla, se trata de esforzarse en aceptar que no podremos nunca comprenderlo todo. Poder mantener hacia ella nuestro aprecio y nuestro amor es superar ya una etapa, y es una señal de que el duelo evoluciona adecuadamente.

Quiero reunirme con él

Si después de la muerte de un ser querido es frecuente sentir deseos de reunirnos con él, en caso de suicidio esto es particularmente cierto.
La persona en duelo está en un estado de gran sufrimiento. El que ha muerto nos ha indicado con su conducta que existe una “puerta de salida” a la angustia. Nos ha mostrado de alguna manera un ejemplo que podemos estar tentados de seguir. Es frecuente encontrar en uno mismo semejanzas con la persona fallecida; tenemos tendencia a identificarnos con ella: “nos parecemos tanto”. Hemos podido estar tan unidos a esa persona, que pensamos que no podremos vivir sin ella.
Estos sentimientos suelen ser un terreno abonado para que crezcan en nosotros ideas suicidas. Estos deseos no tienen nada de excepcional. No tienen que asustarnos. Suele ser habitualmente una fase temporal dentro del camino del duelo que ira cediendo poco a poco con el paso del tiempo. Después de un suicidio no nos identificamos solamente con aspectos negativos de la persona fallecida, podemos también hacer nuestros ciertos rasgos físicos y/o cualidades morales del que ya no está. Es una de tantas maneras de conservar los recuerdos y prolongar la historia de la familia.

No puedo creerlo

“¡No, no es verdad, no, no es posible!”
La primera actitud ante la muerte es el rechazo. Esta es una reacción universal y normal. ¿Podemos aceptar el suicidio?. ¿Cómo no vamos a rechazarlo con todas nuestras fuerzas?. Hasta muchos años después, en determinados momentos, nos puede resultar todavía difícil de creer:
“¿No habrá sido solamente una pesadilla?”
Pero por otro lado, es imposible negar la terrible realidad. La posibilidad del suicidio puede resultar a veces insoportable, y podemos aferrarnos a otras hipótesis, sobretodo cuando las circunstancias de la muerte nos pueden hacer pensar en un accidente o en un homicidio. En algunas personas, el rechazo de la realidad del suicidio no cede con el tiempo, se agrava y puede llegar a convertirse en un estado de negación permanente. El trabajo de duelo se bloquea y puede aparecer una depresión prolongada y otras complicaciones.
El rechazo y la negación hay que respetarlos entendiéndolos como signos de un gran sufrimiento. Normalmente van cediendo con el paso del tiempo.

Siento mucha rabia
El suicidio provoca rabia. Es normal sentirse enfadado, enfadado con el destino “es injusto morir así”, enfado hacia todos aquellos que consideramos de alguna manera responsables, enfado hacia la sociedad, a veces hacia Dios
“¿Cómo ha podido permitir semejante tragedia?”
La rabia y el enfado pueden dirigirse también hacia el propio fallecido. El suicidio puede vivirse como una traición, como una falta de amor, como una falta de responsabilidad, como una debilidad: “Cómo ha podido hacer esto”.
La rabia es una reacción habitual en el duelo después de un suicidio. Si no nos permitimos vivir hasta el final este sentimiento cuando aparece, corremos el riesgo de que surja de nuevo más adelante complicando el duelo. La rabia suele aparecer mezclada con otros sentimientos como la pena, el amor, el apego. Por eso la persona en duelo suele buscar la manera de reprimirla, de taparla, al considerarla “inadecuada”, cuando en realidad es una emoción normal y en absoluto reprochable.

Tengo miedo

El suicidio, aunque haya habido señales previas de alerta, es vivido por los allegados como una verdadera hecatombe:
“Me siento totalmente abrumado, descorazonado por lo que ha pasado”
Cuando un adolescente se suicida, sus padres temen por sus hermanos, como si el suicidio fuera de alguna manera contagioso. El miedo a que pase otra desgracia es frecuente: ¡estamos viviendo un drama y podría ocurrirnos otro!. Los hijos que han perdido a sus padres por suicidio tienen a veces miedo de llegar a hacer lo mismo que ellos cuando tengan su misma edad. Cualquier duelo importante y especialmente después de un suicidio, puede menoscabar nuestra confianza en la vida y en el futuro:
“¡Ahora puede pasar cualquier cosa!”.
Con cada dificultad que aparece, la persona en duelo suele tender a esperar lo peor. Con el paso del tiempo este miedo a vivir se va atenuando.

Siento vergüenza.

Aunque casi todas las religiones reprueban el hecho del suicidio, ya no condenan como antes a la persona que se suicida. En oro tiempo, quitarse la vida era considerado una trasgresión de las leyes sociales y religiosas. Desde los orígenes de la humanidad el suicidio ha sido considerado como una mala muerte, creándose distintos rituales de purificación para el grupo social. En la Iglesia Católica, los funerales para personas que se habían suicidado están admitidos desde 1963. La justicia tampoco fue mucho más indulgente, hasta la revolución francesa se acostumbraba a infringir al cuerpo del suicidado una especie de segunda muerte. Aunque hoy en día estas costumbres han cambiado, las actitudes que había detrás han dejado su huella. Todo esto muestra que existe un halo de vergüenza que rodea al hecho del suicidio. Esto puede contribuir a que la familia, en un entorno muy conmocionado por esta muerte, no encuentre todo el apoyo que hubiera podido necesitar. Esto solo puede contribuir a hacer el duelo más difícil si cabe.
Afortunadamente nuestra manera de pensar va evolucionando, cada vez se habla más de lo que hasta hace poco no era más que un tabú, y la manera como nuestra sociedad mira el suicidio se va liberando poco a poco de los lastres del pasado.

Si hubiera…

“Me siento culpable de no haberme dado cuenta, de no haber sido capaz de percibir alguna señal de alarma, de no haber estado presente en el momento oportuno…”
Los sentimientos de culpabilidad suelen ocupar una gran parte de las vivencias de cualquier persona en duelo. Son más intensas cuando se trata de una muerte por suicidio, y todavía más intensas si cabe cuando se trata de una persona joven. Es frecuente dejar de lado todos los buenos recuerdos, así como todo lo que hemos hecho de bueno y positivo por esa persona.
Es perfectamente natural que no se nos pase por la cabeza la posibilidad del suicidio cuando una persona cercana está pasando por un mal momento, y menos todavía si no lo menciona para nada.
Solo a posteriori podremos encontrar sentido o explicación a palabras y comportamientos de la persona fallecida, que de ninguna manera hubieran podido ser interpretados de la misma manera en aquel momento.

Ha dejado de sufrir

A menudo el suicidio ocurre después de un tiempo, a veces muy largo y agotador, de dificultades de todo tipo, tanto para la persona que se suicida como para su familia y allegados. Otras veces el suicidio ocurre de manera brutal e imprevista, haciendo el duelo especialmente difícil. Las dificultades previas pueden ser muy variadas, pero en general suelen ser consecuencia de una enfermedad, frecuentemente una depresión. El suicidio de una persona depresiva, a menudo después de varias tentativas más o menos graves, es una experiencia muy dolorosa y desgarradora, pero que suele acompañarse también de un sentimiento de al menos ahora ya no sufre más, que ya ha descansado. Todos los que han vivido y sufrido con él y por él tanto dolor, experimentan también un sentimiento de alivio con la muerte. Es un sentimiento generalmente difícil de aceptar en su propio corazón, y especialmente difícil de expresar delante de otros. Este sentimiento de alivio puede aumentar también la culpabilidad.
Es normal sentir alivio después de cualquier experiencia difícil. Eso no significa un menosprecio a la persona fallecida, simplemente deja constancia de que lo vivido ha sido especialmente duro.

Cuánto sufro.

“Este sufrimiento es tan intenso, tan profundo. Sufre mi cuerpo, mi corazón, mi alma, todo mi ser sufre. Es natural que me duela, le quería tanto…”
“Me siento vacía, agotada, todo se me hace un mundo; cualquier cosa me exige un esfuerzo para en que no tengo fuerzas. No tengo apetito, no consigo dormir bien…”
Este dolor tan intenso, aunque es normal, resulta muy duro de llevar en el día a día. Este cansancio y esta sensación de agotamiento se suman al propio sufrimiento por el dolor de la pérdida y constituyen lo que se llaman síntomas depresivos del duelo. En todo duelo importante hay que atravesar por esta fase depresiva. Esta suele ser más intensa y prolongada después de una muerte por suicidio.
“Físicamente me encuentro cada día peor y no encuentro sentido a mi vida”.
En esta situación no es raro descuidar la propia salud, enfermarse con más facilidad, incluso tener ideas negras. Guardarse todo para uno no es la mejor solución en estos momentos. Desahógate, llora, grita … Deja que las emocionen salgan, no las pares, que digan lo que tiene que decir, déjalas salir hasta que te vaya pudiendo el cansancio, descansa entonces.
Al luchar contra el sufrimiento solo consigues aumentarlo y prolongarlo. Es mejor no resistirse al dolor, abandonarse a él. Después de una muerte por suicidio suele ser necesario algún tipo de ayuda para poder superar esta fase de depresión. Algún soporte profesional puede ser de gran ayuda, incluso si existe un buen apoyo de la familia, amigos, etc. En algunos casos también puede valorarse como necesario la ayuda de medicamentos.

Nadie puede comprenderme.

Después del suicidio de un ser querido un doloroso sentimiento de soledad se puede ir apoderando poco a poco de nosotros. Los más cercanos tienen tendencia a replegarse sobre ellos mismos y a vivir la enorme pena que sienten en familia, desligándose sin darse cuenta de la vida social que llevaban hasta entonces.
Otros familiares, los amigos, los vecinos no saben muy bien qué hacer, qué decir. Sin embargo suele ser reconfortante encontrar personas que te demuestran su preocupación y su deseo de ayudarte sin ni siquiera habérselo pedido. Hasta parece que esas ocasiones todo sea más fácil. La mayoría de las veces las personas quieren ayudar pero no saben cómo. No se atreven, tienen miedo de herirte, y terminan muchas veces por no hacer ni decir nada. Es bueno que aprendamos a pedir ayuda. “Mi familia y mis amigos no se negarían a ayudarme si les necesito”
Aceptar una invitación para salir y distraerse suele resultar difícil, especialmente al principio: pasar un rato agradable puede vivirse como una traición hacia la persona muerta. Pero estos encuentros nos suelen hacen bien:
“En algunos momentos tengo necesidad de dejarme cuidar, de rodearme de afecto”

El suicidio es una forma de violencia

El suicidio es una violencia extrema. La persona que se suicida ejerce sobre si misma una violencia que destruye su cuerpo, maltratando su imagen, su identidad. Inconscientemente ejerce también violencia en las personas que ama, infringiéndoles una herida profunda e imborrable. Tenemos que vivir con esta violencia que parece se haya quedado grabada en nosotros. Si hemos encontrado el cuerpo, y especialmente si este estaba lesionado o desfigurado, nos pueden asaltar imágenes traumáticas. Estas imágenes pueden aparecer también aunque solamente nos hayan relatado lo sucedido. Estas imágenes, que pueden aparecer igualmente en los sueños, constituyen a veces un obstáculo en la evolución del duelo. Cada vez que pensamos en la persona que se ha suicidado estas imágenes irrumpen en nuestro pensamiento y en nuestro corazón. Solamente con el paso del tiempo, y si hemos podido hablar de ello, otros pensamientos y recuerdos más felices irán sustituyendo a éstos. Es necesario llegar a poner palabras a estas imágenes traumáticas y si es posible expresarlas a una persona de confianza para poder avanzar adecuadamente por el camino del duelo.

¿Para qué una investigación si todos sabemos que se ha suicidado?

En este tipo de muertes el juez suele ordenar una investigación. Esto podemos vivirlo como un dolor añadido. Esta investigación permite saber con certeza las causas de la muerte, precisar las circunstancias que la rodearon y eliminar otras posibles hipótesis. En las semanas siguientes pueden surgir muchas preguntas, a veces incluso de manera obsesiva. Le damos vueltas a lo que pasó justo antes de la muerte y nos pueden asaltar las dudas. El resultado de la propia investigación suele disiparlas. La presencia de la policía no es indicativa de ninguna sospecha, su labor es simplemente reunir las pruebas materiales y los testimonios que permitan conocer mejor las circunstancias personales y administrativas relacionadas con el suicidio.
El cuerpo de su ser querido tiene que ser trasladado a un servicio de medicina forense para que se le realice un examen o una autopsia. El cualquiera de los dos casos se trata de un examen médico donde prima siempre el máximo respeto al cuerpo de la persona fallecida. Estos exámenes son también necesarios para confirmar las causas de la muerte y permiten asimismo apreciar la existencia de posibles enfermedades. Pasadas unas semanas después del deceso el médico forense podrá, gracias a las pruebas realizadas, responder a todas sus preguntas.

Dónde encontrar ayuda.

Frecuentemente el suicidio esta rodeado de un halo de silencio. No sientes ganas de hablar de ello y percibes que las demás tampoco quieren que se les hable sobre lo sucedido.
Y sin embargo HABLAR TE SIRVE DE DESAHOGO. ¿Con QUIEN hablar, pues?
La actitud más natural sería hablar primero con la propia familia, con aquellos que sentimos más cercanos. A veces esto no es posible, bien porque existen tensiones o conflictos anteriores, o bien porque cada uno busca de alguna manera con su silencio proteger a los demás. Podemos hablar entonces con un amigo de confianza, alguien que pensemos que pueda escucharnos con interés y delicadeza, sin juzgarnos ni a nosotros por lo que decimos y sentimos, ni tampoco a la persona fallecida. Podemos también hablar con un médico de confianza. El nos escuchará y podrá orientarnos, si es necesario, hacia algún especialista. También podemos hablar con un sacerdote o acompañante espiritual. Existen también asociaciones que se dedican a escuchar, acoger y acompañar a personas que sufren la pérdida de un ser querido. Están formadas por profesionales y voluntarios especialmente preparados para escucharnos y orientarnos en el proceso de duelo.

No lo olvidaré nunca… la vida continua.

En otro tiempo, el duelo y el luto venían en gran parte determinado por convencionalismos sociales. Hoy en día, las costumbres y los rituales en torno a la muerte están desapareciendo dificultando la vivencia del duelo. Esto hace que muchas familias tengan que encontrar su propio camino. Dejemos pues tiempo al tiempo. La duración del trabajo interior del duelo es variable. El duelo después de un suicidio puede durar años. Sus particularidades multiplican los obstáculos que podemos encontrarnos. Podemos sufrir todavía bastante durante el segundo y tercer año, incluso más tarde, y esto no tiene nada anormal. No sería una razón suficiente para considéralo como un duelo patológico, se trataría simplemente de un duelo más difícil.
Progresivamente la carga afectiva va disminuyendo; no olvidamos lo que ha ocurrido pero el tiempo va haciendo su papel. El dolor se va calmando. Ocurre lo mismo que con una herida, ésta cicatriza muy lentamente. Pero la cicatriz también queda, y nos puede molestar de vez en cuando. Así se explica porque a veces nos duele, especialmente en aniversarios y celebraciones, o simplemente cuando miramos una foto o una prenda de vestir. Pero ahora, cuando evocamos a nuestro ser querido, el dolor es más suave, es más como una nostalgia honda. Y se va haciendo posible volvernos de nuevo hacia la vida, iniciar poco a poco nuevas relaciones, nuevos apegos. Amar otra vez la vida no quiere decir olvidar al otro. Conjugando los recuerdos con las realidades del momento, el presente y el futuro se enriquecen con la evocación del pasado.

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Carta a un ser querido después de un suicidio.

“Te escribimos para decirte cuánto te echamos en falta y cómo ha cambiado la vida desde que nos has dejado. Aún no nos hemos repuesto de lo sucedido, y nos duele que no nos dijeras adiós.
A veces nos sentimos resentidos contigo por el inmenso dolor que nos has causado. A veces nos sentimos enojados con nosotros mismos por no haber sabido prevenir la tragedia.
Lamentablemente no hemos podido escoger en tu lugar, porque, si esto hubiera sido posible, tú estarías aún entre nosotros.
Pensamos siempre en ti, aun cuando los recuerdos nos entristecen.
Sin embargo no hemos renunciado a vivir y a tener esperanza, a pesar de la amargura.
Tal vez nos habrás visto un poco más sonrientes: nuestro deseo es que tu hayas encontrado la paz que buscabas.
En nuestra plegaria pedimos poder abrazarte de nuevo al final de nuestros días.
Con todo nuestro cariño:
Tu familia”.
(Tomado de Arnaldo Pangrazzi)

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MUERTE DE UN HIJO
La pérdida de un hijo: una muerte, dos duelos
La muerte de un hijo es una de las experiencias más duras, difíciles y dolorosas que puede sufrir un ser humano. Los padres os sentís responsables de la protección de vuestros hijos y podéis vivir su pérdida como un fracaso y con una gran culpabilidad. La muerte de un hijo produce a menudo tensiones y conflictos en la vida de pareja. Podéis, por ejemplo, haceros el uno al otro responsable de la muerte de vuestro hijo y esto llevaros a reproches continuos o sentimientos de impaciencia e irritabilidad. Puede ocurrir que no viváis al mismo tiempo los momentos de mayor dolor o las recaídas. Esto puede crear la sensación de que uno siempre está inmerso en el dolor, que no hay tregua, y contribuir a que os evitéis en los momentos difíciles para no recaer en el sufrimiento.

En deseo sexual puede mantenerse o incluso aumentar en uno, mientras que en el otro disminuya o desaparezca. Esto puede ser fuente importante de conflictos. El hombre, en general, es capaz de separar más fácilmente el deseo sexual de su situación emotiva. La mujer, en cambio, puede sentirse incapaz de desear si está triste o enfadada y no entender cómo puede tener deseo su pareja después de lo sucedido.
Por otro lado, es perfectamente natural en medio de tanto dolor, buscar en la relación sexual lo que tiene de placer, ternura, cercanía, calor y cariño. No vale la pena sentirse culpable por disfrutar, los momentos de dolor ya vendrán por si solos.
Hombres y mujeres no respondemos de la misma manera
ni tenemos las mismas necesidades ante la muerte de un hijo.

Un miembro de la pareja puede sentir, por ejemplo, que al otro no le importa la muerte lo suficiente (quizás porque no llora o porque no quiere hablar del fallecido). A veces, la necesidad de parecer fuerte, puede interpretarse por el otro como falta de interés.

La mujer, en general, tiene más necesidad de hablar que el hombre y no siempre lo hace buscando respuestas, para ella, el simple hecho hablar le produce alivio. Al hombre, en cambio, cuando le platean un problema, siente enseguida la necesidad de buscar una solución, y es eso lo que le hace estar mejor. Para él, el simple hecho de hablar, no sirve de mucho y cree que tiene que encontrar algún tipo de remedio al sufrimiento expresado por su mujer. Pero, en general, no es esto lo que le pide ella, sino sencillamente que la escuche. Al mismo tiempo, puede pensar que él necesita lo mismo y presionarlo para que se exprese también.

El padre puede sentirse de esta manera acorralado y, al mismo tiempo culpable de no poder hacer algo para calmar la pena y el dolor de su pareja. Ante esta situación, una reacción frecuente en el hombre es buscar refugio en el trabajo o en otro tipo de actividad, o encerrarse cada vez más en si mismo.
Para salir de esta situación, la pareja necesita hacer un gran esfuerzo de comprensión mutua, de aceptar que hay cosas que el otro no puede darle, y que no les hace bien juzgar ni comparar el modo en que viven cada uno la muerte del hijo. La mujer tiene que entender que su expresión emocional produce una terrible impotencia en él. Él, a su vez, debe saber que no debe dar una respuesta sistemática al sufrimiento de ella, que escucharla atentamente es la manera de ayudarla y que es importante hablar más con su mujer de lo que siente.

Es un mito que las parejas que pierden hijo acaben frecuentemente separándose. Es cierto que, si existían ya problemas previos de relación, éstos se pueden intensificar. Si no hay hermanos, el hijo puede hacer, a veces, de bisagra que unía a la pareja. La muerte del hijo puede también ayudar a estrechar y consolidar los lazos de la pareja.

Los otros hermanos
Podéis estar tan afectados por vuestro propio dolor, que descuides sin daros cuenta a los otros hermanos. Estos pueden sentir que todo vuestro amor está con el que falta. Ellos también sufren intensamente la pérdida, se sienten culpables y pueden tener necesidad de hablar. Hablar de su hermano y compartir, cada uno a su estilo, el dolor por la pérdida, puede ser la mejor manera de ayudaros unos a otros y afrontar sanamente la experiencia de duelo. Encontrarás más información de cómo reaccionan los niños ante la muerte en duelo niños.

Algunas sugerencias
Convéncete que te resultará muy difícil sobrellevar esta situación solo/a. No pretendas tampoco que tu pareja sea en tu principal apoyo, bastante tendrá en muchas ocasiones con sobrellevar su propio dolor. Busca una o dos personas de confianza (procura que no sea siempre la misma) Si no es posible, no dudes en buscar ayuda de un psicoterapeuta con experiencia en duelo.
Procura mantenerte lo más unido posible a tu pareja, apoyaros mutuamente, respetar el ritmo y la manera de llevar el duelo del otro. Puede ser que estés pasando, por ejemplo, por una etapa en la que prefieres estar solo o con los más cercanos, y que evites a la gente para no tener que hablar de tu hijo, y en cambio, a tu pareja, le esté ayudando exactamente todo lo contrario. ¿Cómo conciliar las necesidades de ambos si tu pareja está acostumbrada a hacerlo todo juntos, por ejemplo? Es necesario paciencia, comprensión y creatividad para introducir cambios en nuestra forma de vivir que nos permita seguir adelante sin añadir más dolor al dolor.

IMPORTANTE:
Si veis que os estáis alejando el uno del otro y que vuestra relación se deteriora día a día, no dudéis en pedir ayuda a un profesional que os asesore y os ayude a enfrentar las dificultades.

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PEDIR AYUDA

No es fuerte el que no necesita ayuda, sino el que tiene el valor de pedirla cuando la necesita.

Aunque el dolor, la soledad y los trastornos que acompañan al duelo son algo normal y natural (ver reacciones habituales), debemos plantearnos seriamente hablar con alguien sobre nuestro duelo si sufrimos alguna de las siguientes reacciones:

– Intensos sentimientos de culpa. Diferente de la culpa habitual que solemos sentir por lo que hicimos o dejamos de hacer en el momento de la muerte.

– Pensamientos persistentes de suicidio. Diferentes del deseo bastante frecuente de “desear estar muerto” o de poder reunirnos con nuestro ser querido.

– Desesperación extrema; la sensación mantenida de que por mucho que lo intentemos nunca vamos a volver a recuperar una vida que valga la pena de que la vida se ha terminado para mí.

– Ansiedad o depresión prolongadas, ataques de pánico, la sensación de estar “atrapado” o “ralentizado” mantenida a lo largo de periodos de varios meses; o, por el contrario, la sensación de estar bloqueada, incapaz de sentir nada.

– Síntomas físicos que nos impiden llevar una vida normal. Descuido de la propia salud.

– Ira incontrolada y persistente o amargura, que hace que nuestros amigos y seres queridos se distancien poco a poco de nosotros.

– Dificultades continuadas de funcionamiento que se ponen de manifiesto en nuestra incapacidad para conservar el trabajo o realizar las tareas necesarias para la vida cotidiana.

– Abuso de sustancias, confiando demasiado en las drogas o el alcohol para amortiguar el dolor por la pérdida.

– Conductas autodestructivas que ponen en peligro nuestro puesto de trabajo, nuestras relaciones (pareja, hijos, amigos…), nuestra economía o nuestra integridad física (conducir a alta velocidad, etc)

Puede ser también la sensación de tener asuntos pendientes con nuestro ser querido, asuntos que no nos permiten avanzar en el duelo.

Se te sientes identificado con alguna de estas situaciones es importante pedir ayuda. Es muy difícil salir adelante solo, sin alguién que te escuche y te oriente.
Puedes solicitar ayuda de un psicólogo o psicoterapéuta con experiencia en pérdidas. También puede ser útil participar en un grupo de ayuda mutua en duelo.

Relación de recursos y grupos de apoyo en el duelo: http://tanatologia.org/seit/gruposapoyo.html

SOCIEDAD ESPAÑOLA E INTERNACIONAL DE TANATOLOGÍA: http://tanatologia.org/seit/gruposapoyo.html

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FRASES DE AYUDA SOBRE LA MUERTE, EL DOLOR Y LA PÉRDIDA

La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.
FRANÇOIS MAURIAC.

Que tus futuras alegrías no maten mi recuerdo……….. pero que mi recuerdo no mate tampoco tus futuras alegrías.
FORO DE VIVIR LA PERDIDA.

El duelo no es un camino fácil pero… sino lo fuera… dejaría de tener sentido toda nuestra existencia.
VERÓNIKA.

Únicamente aquellos que evitan el amor, pueden evitar el dolor del duelo. Lo importante es crecer, a través del duelo, y seguir permaneciendo vulnerables al amor.
JOHN BRANTNER.

Amar al otro es renunciar a poseerlo, incluso muerto; renunciar a que vuelva, descubrir que sigue estando ahí, en un silencio que ya no nos causa pavor, en un desierto que se hace acogedor de lo más valioso que tenemos, lo esencial de lo que permanece cuando ya no se puede nada.
JEAN-YVES LELOUP.

En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele.
J. MONTOYA CARRAQUILLA.

Solo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente
MARCEL PROUST.

Recordar es el mejor modo de olvidar
SIGMUND FREUD.

Cuando eres consciente de la muerte, acabas asumiendo tu propia soledad.
ROSA REGÁS.

Amar a alguien, es decirle: no morirás.
GABRIEL MARCEL.

Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.
HELLEN KELLER

El amigo que está en silencio con nosotros, en un momento de angustia o incertidumbre, que puede compartir nuestro pesar y desconsuelo… y enfrentar con nosotros la realidad de nuestra impotencia, ése es el amigo que realmente nos quiere.
HENRI NOUWEN.

En medio de este atolladero de angustia encontré la fuerza para luchar y salir adelante. Quizás me di cuenta de que mi esposa no hubiese querido verme así. Algo me hizo arrancar y aferrarme a la vida y al amor.
WILLIARD KOHN.

Aun cuando todavía queden momentos difíciles, cuando llegas a aceptar el dolor encuentras fuerza en ti mismo y puedes mirar al futuro con esperanza.
ANÓNIMO.

El Dios en quien yo creo no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo.
HAROLD S. KUSHNER.

Nadie puede explicarnos el dolor, su ilimitado alcance ni sus profundidades enigmáticas. Nadie nos puede descubrir el vacío que deja en el mismo centro de nuestro ser, un vacío que nada lo llena.
RUTH COUGHLIN.

Nunca nadie me dijo que el dolor se sentía como se siente el miedo… La misma tensión en el estómago, el mismo desasosiego.
C.S. LEWIS (Una pena en observación)

“Eres más consciente que antes de lo que es importante y lo que es trivial. Tu ser querido vivió, pero tú todavía estas vivo. ¡Vale la pena esperar al futuro!
H. DAVID THOREAU.

El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo en cenizas.
W. SHAKESPEARE.

La muerte se lleva todo lo que no fue, pero nosotros nos quedamos con lo que tuvimos.
MARIO ROJZMAN.

Lo que importa no es lo que la vida te hace, sino lo que tú haces con lo que la vida te hace.
EDGAR JACKSON.

Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para poder diferenciarlas.
REINHOLD NIEBUHR.

Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan.
Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.
Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.
Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías
y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro.
MAMERTO MENAPACE.

Vivir siempre angustiada
es producto de grave vanidad.
Es soberbia obstinada,
ya que toda ansiedad
termina donde empieza la humildad
GUADALUPE AMOR.

El que acepta sufrir, sufrirá la mitad de la vida; el que no acepta sufrir, sufrirá durante su vida entera.
CONFUCIO.

El dolor quema mucha superficialidad.
OSWALD CHAMBERS.

La humildad no es pensar menos de ti mismo, es pensar menos en ti mismo.
ANÓNIMO.

Mamá, te agradezco todo lo que viví contigo, fueron lecciones de amor y sencillez y ahora que partiste es para mi sabiduría.
VERO (Chile)

Morir es como dormir…, sin levantarse a hacer pis.
WOODY ALLEN.

LIBROS

La lectura sobre el duelo puede resultar de gran ayuda para entender
lo que uno esta viviendo a la luz de la experiencia de otras personas.
Libros de ayuda para personas en duelo: http://www.alfinlibros.com/cas/index.php?idT=16&desc=Duelo%20y%20otras%20p%E9rdidas&pg=llistatLlibres
Ayudando a niños y adolescentes: http://www.alfinlibros.com/cas/index.php?idT=30&desc=ayudando%20a%20niños%20y%20adolescentes&pg=llistatLlibres
Libros con ilustraciones para niños en duelo: http://www.alfinlibros.com/cas/index.php?idT=15&desc=Cuentos%20para%20ni%F1os&pg=llistatLlibres
Muerte perinatal, aborto, muerte neonatal, muerte infantil: http://www.alfinlibros.com/cas/index.php?idT=21&desc=Muerte%20perinatal,%20aborto,%20muerte%20neonatal,%20muerte%20infantil&pg=llistatLlibres

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PARA PROFESIONALES

Elaborada por las psicólogas de FMLC Sara Losantos, Patricia Díaz y Pilar Pastor, que cuentan con más de una década de experiencia en la atención terapéutica de personas con duelo complicado. Los contenidos de la guía están orientados a todo tipo de profesionales sanitarios (médicos, enfermeros, psicólogos), con el fin de que puedan atender mejor al paciente y su familia durante el proceso de enfermedad, pérdida y duelo.
Escrita con un estilo claro e ilustrada por Malagón, la guía ofrece claves sobre el duelo a todos los niveles de intervención: ya sea en acompañamiento, asesoramiento o terapia. Sus contenidos van desde las definiciones más básicas –qué es el duelo, implicaciones físicas, ideas erróneas sobre el mismo- hasta la atención del duelo en situaciones especiales y delicadas, como pueden ser los casos de suicidio o de muerte perinatal.
Para descargarla gratuitamente, haz click aquí: http://www.fundacionmlc.org/web/uploads/media/default/0001/01/guia-de-duelo-adulto.pdf

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Únicamente aquellos que evitan el amor, pueden evitar el dolor del duelo.
Lo importante es crecer, a través del duelo, y seguir permaneciendo vulnerables al amor.
JOHN BRANTNER

Alain Giacchi
Experto en el acompañamiento a personas en el final de la vida
y en proceso de duelo.

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DECÁLOGO DEL BUEN PADRE

Compañeros de juegos, cómplices… Los niños toman a su padre como modelo. Construyen la confianza en sí mismos alrededor de la admiración que le profesan. ¡No le puedes fallar!

Pasar (mucho) tiempo con los hijos

A la hora de la comida, cuando preparan la mochila, mientras juegan, cuando escuchan música… Sencillamente, hay que encontrar tiempo para estar con ellos. Aunque tengamos muchas obligaciones y estas sean muy absorbentes, estar presentes en la vida de los niños debe ser una prioridad. No nos engañemos con eso de que no importa la cantidad de tiempo sino la calidad; por muy buenos que seamos, quince minutos no pueden dar mucho de sí. Cuando estamos con los niños, debemos estar entregados en cuerpo y alma, con ganas, no leyendo el periódico, hablando por teléfono o pensando en nuestras cosas.

Querer y respetar a mamá

Si no hay una relación amorosa con la mamá de sus hijos, al menos debe haber una amistad. El buen trato entre los padres es indispensable porque muestra los sentimientos que existen entre ellos. Aunque las cosas no vayan bien en la pareja o ex pareja, la relación entre los padres tiene que reinar el respeto. Hay que hablar del otro y con el otro con aprecio, aún en las discusiones y cuidar todas las facetas de la relación: amistad, compromiso, comunicación, resolución de conflictos, corresponsabilidad o negociación. Si esto no se logra, lo mejor es buscar ayuda.

Ser un buen ejemplo

Los padres son los modelos de sus hijos, ellos copian su forma de ser, de afrontar y resolver, de relacionarse con las cosas, con los demás y consigo mismos. Así, muchas veces nos muestran nuestros propios defectos. Si al verlos, en lugar de enfadarnos, intentamos corregirnos y educar con el ejemplo, les enseñaremos a corregirse y mejoraremos nosotros también.

Estar en las buenas y en las malas

Los niños necesitan a su papá en todo momento y para muchas cosas. Lo necesitan para que los arrope, los ayude a trepar más alto, a dejar los pañales o a hacer los deberes.Un padre ayuda a crecer. Por eso es necesario que papá diga tanto «sí» como «no», él tiene que saber conjugar mimos y límites. Un padre tiene que poder ser amigo, compañero, protector, sabio… ¡y estar en todos lados!

Regalar alegría

Una infancia feliz es casi una garantía de una vida feliz, por lo menos favorece que en el futuro el niño tenga integridad emocional y buena salud mental. Llegar a casa con dulces, planear un paseo, contarles chistes, jugar al escondite, contarles historias… este tipo de alegrías los niños las reciben como algo más que un gesto, para ellos representan «lo bueno de la vida». Y estas cosas buenas son las que los fortalecen, los hacen más valientes y les dan armas para afrontar las dificultades propias del crecimiento o las circunstancias adversas.

Darles prioridad

Cuando el niño es relegado en los intereses del padre, se refugia en la madre y se vuelve demasiado dependiente de ella. La principal función del padre es ayudar al hijo a sentirse seguro en el mundo más allá de los brazos de la madre, y para eso el pequeño debe sentir que es importante para papá. El vínculo con los hijos no es genético, es ético. Es el resultado de una decisión amorosa que hay que sostener día a día. Además, darles el primer lugar en nuestra vida nos hace a nosotros tan felices como a ellos.

Escuchar

Estar atentos a lo que dicen y no dicen y animarlos a expresar lo que piensan y sienten es la forma de conocerlos. Los niños tienen creencias y fantasías que sorprenden al adulto. Por ejemplo, es común que representen a la Tierra como una casa gigante con los humanos dentro o que crean en monstruos o, los más pequeños, piensen que el peluche es parte de su cuerpo. Para enterarnos de lo que pasa por sus cabecitas hay que escucharles con atención. Escuchar es un acto de amor, cuando les prestamos atención se sienten importantes para nosotros.

Educar con cariño

Disciplinarlos es una forma de amarlos. Si les marcamos límites, si les negamos algo que nos piden pero no les conviene o nos oponemos a sus deseos porque no son razonables, será siempre por su bien, para ayudarlos.No los educamos «para que no molesten a los mayores», sino para que sean felices y cabales.

Contar cuentos

Contarles cuentos a los niños es igual a darles un «máster universitario infantil». Ellos necesitan los relatos para aprender a hilar situaciones, a comprender que primero pasa una cosa y luego otra y para entender el tiempo (qué es «ayer», «mañana» o «después»). No hay nada tan interesante y entretenido como escuchar las cosas que les pasan a los demás y ver cómo resuelven sus problemas desde el lugar más seguro del mundo: al lado de papá. Junto a él pueden identificarse con el protagonista, atravesar penalidades y triunfar sin sufrir un rasguño.

Estar al tanto de “sus cosas”

Los «asuntos de chicos» son importantes, sobre todo si se trata de los hijos. Sean serios o banales, como tienen importancia para el niño, también tienen que tenerla para papá. Sin agobiarlos ni atosigarlos, hay que estar cerca de ellos para encauzar conductas, asistir a las reuniones del colegio, acompañarlos al médico, estar al tanto de las notas, de qué hacen en el tiempo libre o cómo les va con los amigos. Aunque no existen recetas, hay una fórmula básica que consiste en acostumbrarlos desde pequeños a que nos cuenten sus cosas, sin presiones y con respeto.

Fuente: “Padre e hijos”

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